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La Coctelera

El Discurso Zapatista

  • Cap. III

    El discurso zapatista,¿un discurso posmoderno?

    Presentamos aquì tres tesis desde el anàlisis del discurso con el objetivo de comprender què tiene de novedoso el discurso zapatista (d.z.):

    1. PRIMERA TESISel d.z. se aparta del discurso clàsico de la izquierda en sus formas textuales, cambia el dispositivo de enunciaciòn y las formas de negociar el valor de los sognos ideològicos.

    1) Formas textuales:

    Notable combinaciòn de dos rasgos:

    * variaciones de registro: de acuerdo con una lògica vinculada con la definiciòn de los destinatarios.

    * diversidad de los recursos utilizados para lograr estas variaciones: los giros irònicos, ya respetuosos, ya amenazantes; las fòrmulas rituales; la variedad de sus citas de autoridad (incluye poetas, novelistas, futbolistas); un idiolecto que conjuga palabras de los dialectos indìgenas junto a giros dialectales propios de Mèxico, sin despreciar expresiones dialectales en un castellano culto y en francès o inglès que hace gala de una notable yuxtaposiciòn de culturas y una curiosa concepciòn del mundo.

    2)Constituciòn de los lugares simbòlicos de la enunciaciòn:

    El emisor chiapaneco se constituye -en tanto emisor-como uno màs, uno que depende de los demàs, que no puede decidir porque no conoce la soluciòn. Es un tìpico, sin voz ni rostro propios.

    Los tres lugares de la enunciaciòn estàn en relaciòn dinàmica. El mecanismo de enunciaciòn forma parte del significado de un discurso.

    Un recurso que marca esta posiciòn es la autocalificaciòn como no importantes ("nosotros los sin rostro").

    Otros recursos son:

    * el uso de 2da persona, no impersonal ("queremos decirles que recibimos su carta...")

    * maracar la distancia fìsica entre el emisor y sus destinatarios ("con gusto recibimos el saludo y apoyo de uds., hombres y mujeres...")

    * describir otras actividades ademàs de las propias como vàlidas ("existen y tienen gran valor otras formas de lucha...")

    El destinatario del discurso polìtico està constituido por sus partidarios. Al tercero discursivo usualmente se lo define mediante actos de advertencia, de amenazas o aserciones.

    El destinatario del d.z. es todo aquèl que carece de poder. Busca constituir un destinatario que es a la vez universal y particular.

    3) el valor de los signos ideològicos

    3.1.¿Significante vacìo o valor ideològico de los signos?

    Justicia-libertad-democracia son signos ideològicos del discurso zapatista. Es lìcito preguntarnos què valor aparaecen en los discursos y què lugar ocupa la producciòn zapatista en la red discursiva. Preferimos èsta a la estrategia propuesta por Ernesto Laclau alrededor de significante vacìo (aquèl que remite a lo que està ausente en una formaciòn social). Un significante està formado por fonemas que remiten a su imagen acùstica; un significante sin significante simplemente no existe. Si un "significante vacìo" remitiera a un ausente en la formaciòn social pasible de ser "llenado", no puede estar vacìo de significado pues ya està definido como "lo ausente".

    3.2. Democracia, libertad, justicia

    En el d.z. "democracia" significa "mandar obedeciendo" por oposiciòn a "mandar mandando". "Mandar obedeciendo" queda asì como atributo del emisor, y "mandar mandando" es el valor que el tercero discursivo (el neoliberalismo) da a ese signo homòfono. El valor que adquiere "democracia" es el de una relaciòn polìtica nueva que no puede ser asimilada por la lògica dominante pero tampoco por los conceptos tradicionales de la izquierda.

    El valor de democracia no se agota en un programa, alude a una pràctica social en funcionamiento.

    La fortaleza de la cadena sintagmàtica democaracia-libertad- justicia aumenta el efecto, el sentido de ruptura. L alibertad aparece siempre asociada a la democaracia porque se asimila al derecho elemental de decicir, tampoco remite a un atributo autònomo de las personas sino de la comunidad.

    La justicia es la garantìa del autogobierno y como tal se exige justicia indìgena: no sòlo derogaciòn del Còdigo Penal de Chiapas sino que la comunidad actùe como juez, sin jueces ni abogados profesionales, sin divisiòn de poderes.

    El valor de los signos democracia, libertad y justicia es diferente entre los sistemas de referencia del zapatismo y del neoliberalismo, en una u otra producciòn discursiva el signo toma un sentido diferente, pero jamàs estarà vacìo.

    2. SEGUNDA TESISEl discurso zapatista es un discurso situado en una red discursiva que se desarrolla en el campo cultural del capitalismo tardìo como oposiciòn al discurso dominante. Asume asì algunos rasgos de la llamada "condiciòn posmoderna" pero lo hace con eficacia crìtica.

    Lo radicalmente distinto en el d.z. es el lugar que pretende ocupar en la red discursiva actual.Rompe vilentamente el cerco que el d.d. de la dècada del 90, neoliberal y modernizador, impone al discurso clàsico de la izquierda. En efecto, el d.d. actual otorga al discurso de la izquierda un lugar en la red discursiva que lo ubica como marginal, nostàlgico y minoritario. Debe competir con el d.d. y sus opositores, calificados desde el dominante como inverosìmiles y en retroceso: el socialdemòcrata, el de la izquierda tradicional, el de la lucha antiimperialista.

    El d.z. utiliza formas y presenta rasgos posmodernos (como la exaltaciòn de las diferencias y la apelaciòn a diversas minorìas oprimidas) con lo que logra ser no nostàlgico, no ocupar el lugar asignado, y asì disputar otro. Algunos de sus rasgos:

    * la multiplicidad plural de los sujetos que constituye como sus destinatarios;

    * la bùsqueda de la universalidad en la constituciòn de un sujeto opuesto al poder;

    * renovaciòn del gènero discursivo,

    * la falta de solemnidad;

    * el tono irònico:

    * el reconocimiento de no poseer soluciones totalizadoras salvo las esenciales, no negociables: democracia, libertad, justicia.

    * el modo de hacer polìtica de los partidos y organizaciones gremiales son implacablemente denunciados.

    * pluridialectalismo contarpuesto al caràcter monolingûe del gobierno;

    * el ejercicio tenaz de una polìtica de presencia.

    Todos estos rasgos los alejan de las estrategias clàsicas, pero instalan su voz en nlas contradicciones del capitalismo tardìo: la de la exclusiòn y la marginaciòn. Ponen en duda la verosimilitud misma del discurso neoliberal, su sistema de referencias, y llegan a poner en cuestiòn la misma concepciòn del tiempo.

    3. TERCERA TESISLa red de acciones y discursos en los que se inscribe coloca al d.z. en condiciones de luchar para constituirse en "discurso emergente".

    Un discurso emergente es aquel que disputa y cambia las referencias sociosemiòticas de la red en la que aparece inaugurando una nueva. Cuestiona los valores existentes y lucha por imponer otros nuevos. Un discurso pasa a convertirse en emergente cuando el d.d. no puede calificarlo de ningùn modo. El emergente no le cuestiona su caràcter dominante sino el sistema de referencias mismo, por lo que el discurso dominante debe responder perdiendo asì su iniciativa discursiva en manos del nuevo discurso.

    El d.z. ha conquistado la posibilidad de convertirse en discurso emergente. ¿Lo lograrà? depende èsto de sus destinatarios plurales, de que puedan articular sus propios discursos con la misma "verdad de su corazòn". Sòlo asì el discurso neoliberal se verà obligado a responder.

La Semiótica de los Bordes (Juan Magariños de Moratín)

I

SEMIÓTICA GENERAL

1 CONCEPTO DE SEMIÓTICA

1.1 Concepto

Entiendo por “semiótica” como disciplina

un conjunto de conceptos y operaciones

destinado a explicar

cómo y por qué un determinado fenómeno

adquiere, en una determinada sociedad

y en un determinado momento histórico de tal sociedad,

una determinada significación

y

cuál sea ésta,

cómo se la comunica

y cuáles sean sus posibilidades de transformación.

La intención inicial de este enunciado es proporcionar, a quien se acerque a nuestra disciplina, una perspectiva a la vez amplia y operativa. En este sentido, considero que, a partir del concepto propuesto, la perspectiva amplia puede asentarse en la propuesta de estudiar la significación de un fenómeno social y la perspectiva operativa en la de explicar esa significación.

Así pues, la semiótica puede interesarle a los estudiosos e investigadores de los fenómenos sociales, en la medida en que buscan explicar la significación socialmente atribuida a tales fenómenos y en la medida en que enfocan esta búsqueda de un modo riguroso, que justifique las conclusiones a las que lleguen, y no de un modo intuitivo, que se comprende pero cuya razón de ser se desconoce o sin que se pueda establecer por qué se considera que es ésa significación (o, mas bien, conjunto de significaciones) la que corresponde atribuirle a tal fenómeno y no cualquier otra.

Por tanto, el abogado, el sociólogo, el psicólogo, el historiador, el licenciado en letras, el crítico de arte, el lingüista, el antropólogo, el geógrafo, el arqueólogo, el licenciado en turismo, el economista, el filósofo, el terminólogo y el traductor, el epistemólogo, el bibliotecario, el publicitario, el comunicador, el arquitecto, el museólogo, el politicólogo, el licenciado en ciencias de la salud, el demógrafo, el pedagogo y tantos otros, en el ámbito de las ciencias sociales, necesitan de la semiótica como instrumento estructurador para la consistencia y el rigor de sus estudios e investigaciones.

Esto se basa en que todos ellos tienen como objeto de conocimiento de sus respectivas disciplinas a otros tantos objetos semióticos, o sea, a fenómenos sociales que ya (sin que sea imaginable un momento previo en que todavía no) tienen atribuido (pacíficamente o no) un conjunto dinámico de significados, cambiantes con el tiempo y la cultura.

Todos ellos, por tanto, son usuarios potenciales de la semiótica, en la  medida en que sepan que la semiótica puede proporcionarles las operaciones necesarias para elaborar una explicación básica de la significación (plural, contradictoria, competitiva) que posee, en un momento dado de una sociedad determinada, el concreto fenómeno que están estudiando, y en la medida en que nosotros, los estudiosos de la semiótica, que pretendemos elaborar y proponer las operaciones analíticas pertinentes, no los defraudemos.

También los objetos de conocimiento de las ciencias naturales (dejemos al margen, por el momento, el tema de si esta dicotomía es o no pertinente, si bien anticipo que considero que no) son otros tantos objetos semióticos y, por tanto, también en ese dominio la semiótica tiene utilidad. El problema es epistemológico y relativo a las características del proceso de producción de los correspondientes conocimientos y sugiero tratarlo en otra oportunidad; pero quede ya planteado.

Al enunciar, inicialmente, el concepto de “semiótica”, aclaré que me refería a la semiótica “en cuanto disciplina”. Esto quiere decir que lo diferencio del concepto de “semiótica en cuanto facultad” y así voy a trabajarlos en este texto. Para dejar aclaradas ambas direcciones esbozo este último concepto:

Entiendo por “semiótica”, en cuanto facultad,

la capacidad cognitiva de que dispone la humanidad

para la producción de todas las clases de signos: icónicos, indiciales y simbólicos,

con los que da existencia ontológica a su humanidad

(ver, más adelante, en el Glosario, “Lenguaje/Facultad semiótica”).

1.2 Signos y Objetos Semióticos. Ciencia o metodología

La que propuse como primera característica: entender por semiótica un conjunto de conceptos y operaciones, no supone la identificación de dos universos diferentes, sino su compenetración de modo tal que los conceptos que se definan como pertinentes a la semiótica serán aquellos que permitan comprender el funcionamiento de las operaciones que constituyen su finalidad específica y aplicarlas. Conceptos y operaciones interactúan en el proceso cognitivo que identifica a la semiótica: desarrollar procedimientos analíticos y reconstructivos que permitan llegar a enunciar explicaciones relativas a la producción e interpretación del significado de los fenómenos sociales. Estos conceptos y operaciones integran un conjunto que, en definitiva, se constituye en un método de investigación.

Al afirmar esto, tiendo a rechazar la concepción de la semiótica como una ciencia. Creo que, para ello, hay un argumento importante: no puede admitirse que sea una ciencia por el especial carácter del que sería su objeto de conocimiento: el signo. Desde la perspectiva peirceana (a la que sigo, sin aceptaciones dogmáticas; por ejemplo, al no compartir que la semiótica sea una ciencia o, como dice en otro momento, una doctrina), todo es signo. Es muy rico el concepto de “semiosis ilimitada” que esto último implica, tanto (1) en lo relativo a la recurrencia semiotizante de cada una de las partes del signo, que las constituye a su vez en signos, y a las partes de estos nuevos signos, a su vez, en signos (o sea, de 3 partes de un primer signo se pasa a 9, de éstas a 27, de éstas a 81, y así sucesiva y, al menos desde una perspectiva teórica, interminablemente1, como (2) en la productividad del signo en la mente de cada interpretante2 (que no lo percibe desde alguna exterioridad como un incidental espectador, sino como parte constitutiva del signo que no está completo sin él), en la cual, a partir del signo propuesto “se crea un nuevo signo” y así, para cada uno de los posibles interpretantes, en la autorreflexión y/o en la comunicación, continúa transformándose indefinida y creativamente aquel signo inicial, que ya no es uno sino tantos como interpretantes lleguen a incorporarlo. Pero, si todo es signo, el signo no puede ser objeto de conocimiento científico, ya que no tiene otro objeto de conocimiento del cual diferenciarse (o al que utilizar dialécticamente como definiens).

Pero, efectivamente, ¿todo es signo? La significación es un constructo de la humanidad y todo cuanto somos capaces de ver lo vemos porque significa y del modo como significa; y de aquí uno pasa a decir que todo es signo (transformación, desde las investigaciones cognitivas del entorno en mundo, como establecimiento de la identidad de todo organismo; Francisco Varela, 1992). Pero, ¿que algo signifique quiere decir que por eso ya es un signo?

En principio, podríamos decir que todo lo que vemos (o sea, percibimos, conocemos, sentimos, intuimos, soñamos, etc.) lo vemos porque está semiotizado (o sea, porque ha sido el referente de un, al menos, enunciado semiótico: icónico, indicial, simbólico y/o sus combinaciones posibles). Al admitir que efectivamente se requiere un proceso de semiotización como condición necesaria que hace posible la identificación de las entidades de nuestro entorno, se está admitiendo que existen dos clases de objetos: los que semiotizanlos semiotizados. En otros términos: los signoslos objetos semióticos. Pero los objetos semióticos no son signos; al menos mientras los manipulamos como tales, sin que nada impida que, modificando las circunstancias de su forma de hacerse presentes (pasando de ser referentes a estar exhibidos en representación de otros; ver, en la semiótica indicial, “Como hacer signos con cosas”), puedan pasar a comportarse como signos. Los objetos semióticos reciben ese nombre para indicar que ya están semiotizados. Un foucaultiano diría que ya han sido dichos desde algún discurso; creo preferible, para aprovechar el aporte de Foucault evitando la interferencia, que él consiente, de la lingüística, decir que ya han sido construidos desde alguna semiosis sustituyente: que puede ser no sólo verbal (o sea, simbólica), sino también visual (o sea, icónica), comportamental (o sea, indicial), etc. Respecto de aquellos objetos que no están semiotizados, no es que no existan (no planteo la duda óntica de si acaso nuestro entorno no será “el sueño de un loco en un rincón de un manicomio”); lo que ocurre es que no podemos verlos (o sea, percibirlos, conocerlos, sentirlos, intuirlos, soñarlos, etc.), ya que no tienen identidad (en cuanto posibilidad de reconocimiento mediante su significado), es decir, carecen de existencia ontológica, para nosotros.

Así pues, considero que la distinción entre signoobjeto semiótico es importante para conferir y mantener el rigor y la eficacia de la metodología semiótica. Pero es una diferencia coyuntural y no sustancial, ya que lo que en un momento es signo en otro puede pasar a ser objeto semiótico y viceversa. Del mismo modo que, para el enfoque semiótico, nada es definitivamente icónico o indicial o simbólico (una pintura clásica: el Erasmo de Holbein, por ejemplo, es un icono en la medida en que propone una representación de la apariencia física de ese admirable humanista y no sólo por esto; es un índice para el trabajador que tiene que colgarlo de una pared o para el curador que tiene que decidir junto a qué otros cuadros o puerta o esquina o panel conviene situarlo y no sólo para estos; y es un símbolo para el marchand que lo mira codicioso y también para otras múltiples miradas)3. Quienes se acercan al conocimiento riguroso (o científico) con la esperanza (positivista) de pisar un suelo definitivamente firme, acostumbran criticar esta movilidad de los conceptos semióticos y los señalan como una prueba de su inconsistencia. Considero, por el contrario, que esa movilidad acredita el enraizamiento cognitivo de la semiótica, la capacidad que tiene nuestra disciplina para dar cuenta de las operaciones mentales que intervienen en la producción y el cambio del significado de determinado fenómeno, sin necesidad de modificar sus conceptos básicos ni sus operaciones analíticas.

Pero volviendo a la distinción entre signo y objeto semiótico, creo que el criterio para establecerla pasa por una visión generativa (no en sentido causalista). Para que algo llegue a ser un objeto semiótico, es necesario que un signo (debidamente contextualizado) lo enuncie, lo que no ocurre procesualmente sino de modo simultáneo o en paralelo. Entonces, algo será signo cuando interviene como enunciador que semantiza a algo diferente a sí mismo. Y algo será objeto semiótico cuando ha recibido su significado de algo diferente a sí mismo (lo que ocurre con todo lo que estamos en condiciones de percibir; incluido el signo, sólo que en tal caso la operación habrá de designarse como "metasemiótica"). Dicho de modo más simple: lo que enuncia es un signo y lo que resulta enunciado es un objeto semiótico. O también (entendiendo dinámicamente y no en su posibilidad especular al término "sustitución"), la semiosis sustituyente está constituida por signos y la semiosis sustituida está constituida por objetos semióticos. Obsérvese: este texto es una semiosis sustituyente (está constituido por signos) y el problema al que se refiere (eso de lo que habla) es una semiosis sustituida (la forma en que queda construido el problema del que se habla, por el modo como se lo dice, lo constituye en objeto semiótico). Pero cuando alguien responde y comenta lo que aquí se dice, su texto es la semiosis sustituyente (en cuanto está constituido por signos) y este texto, que he llegado a escribir y que recibe un nuevo significado a partir del nuevo texto dicho por el otro, es una semiosis sustituida (en cuanto resulta construido como objeto semiótico).4

Entonces, si, por ejemplo, puede establecerse respecto de un determinado constructo físico que, para un sujeto determinado (o para una comunidad determinada de sujetos) consiste en “un ámbito donde transcurre la vida familiar” (siendo ése uno de sus significados, entre otras muchas posibilidades), y de otro determinado constructo físico que consiste en “un lugar donde se administra justicia” (siendo ése su significado predominante), etc., ello será así porque, ese sujeto o esa comunidad, han sino intérpretes de algún texto (icónico, indicial o simbólico; o, mejor, de multitud de textos de esas características y su posible combinatoria) que así lo propone; por tanto, una casa o el edificio de tribunales son objetos semióticos y la respuesta del o de los entrevistados, o lo escrito en el o en los libros, o lo visto en tal o cual imagen o film, es lo que utiliza los signos mediante los que la casa adquiere el significado de representar a la vida familiar y el palacio de tribunales el significado de representar a la justicia. Pero si, de pronto, nos encontramos ante una casa concreta, con sus corredores y piezas y puertas y cocina y dormitorios y baños, y sus colores en las paredes y juguetes en el suelo y olores en el aire, etc., podemos preguntarnos acerca de qué clase de vida familiar está representando (construyendo) esa casa y, entonces, la casa es un signo (en rigor, un discurso o contexto de signos) o una semiosis sustituyente y la vida familiar es el objeto semiótico o la semiosis sustituida. Mutatis mutandis, lo mismo sirve para el edificio de tribunales; por eso, por lo general, se busca que sea un edificio de cierta solemnidad arquitectónica, para construir un significado solemne de la justicia; sin perder de vista que la “solemnidad” arquitectónica también es un objeto semiótico que se construye con recursos de la semiosis (sustituyente) de la arquitectura de determinada sociedad, época histórica y escuela arquitectónica, de un modo en el diseño y de otro modo en la obra, los que así se constituyen en otros tantos signos o semiosis sustituyentes y sus objetos semióticos correspondientes.

Pero lo anterior no da lugar a la posible identificación de los dos objetos de conocimiento, adecuadamente diferenciados: por un lado los signos y por otro los objetos semióticos. En ambos casos estamos en presencia de signos, pero que, en los diferentes momentos en que son interpretados, cumplen funciones semióticas diferentes; en un sentido próximo al de L. Hjelmslev cuando optaba por hablar de “función semiótica” y no de “signo” (1971/1966: 49). Cuando los denominamos "signos", atendemos a su eficacia para producir lo que denominamos "objetos semióticos"; cuando los denominamos "objetos semióticos" atendemos al resultado de esa eficacia productora; pero, en ambos casos, se trata de signos. Por eso, un objeto semiótico puede cumplir una función de signo, cuando produce la identificación de otros objetos semióticos; y un signo puede ser considerado como objeto semiótico, cuando atendemos al signo que lo ha producido. Con lo cual, tampoco aquí tenemos un criterio suficiente para admitir que exista una ciencia de la semiótica.

Esto hace que esta interdependencia entre signo y objeto semiótico, esta necesariedad del vínculo, lleve a excluir la posibilidad de que tengamos dos objetos suficientemente diferenciados como para poder hablar de ciencia al referirnos a la semiótica o si estamos más bien ante dos funciones del mismo objeto, lo que cerraría el universo conceptual sin la alteridad necesaria para constituirse en ciencia. Para mí, con la provisionalidad de todo pensamiento que se asume críticamente, lo específico es concebir a la semiótica como metodología rigurosa; reconociendo la validez de quienes prefieran explorarla, utilizarla y construirla como ciencia. El rigor metodológico de la semiótica es lo que permite su utilización para explicar la relación entre determinada enunciación y la capacidad de tal enunciación en construir la calidad ontológica específica de determinado fenómeno social que resultará ser, por efecto de dicha enunciación, un fenómeno jurídico, político, estético, clínico, matemático, astronómico, etc. La semiótica en cuanto disciplina interviene explicando el proceso de producción del significado de toda y de cualquier enunciación; pero la semiótica carece de significado propio, siendo un mero instrumento para explicar los significados de todas las entidades cognoscibles; lo cual también constituye un significado (instrumental) que le confiere su específica existencia ontológica. Éste es el razonamiento que me lleva a concebirla, exclusivamente, como metodología.

Al hablar, en el concepto inicial, de “conjunto de conceptos y operaciones” tampoco pretendo referirme a un conjunto de conocimientos finales, en cuanto verdades, ni sustanciales ni procedimentales, alcanzadas mediante, en este caso, la semiótica, y que así planteados tendrían una pretensión universal de validez, en completa oposición con lo que los propios análisis semióticos pueden evidenciar. Con ello aludo a los conocimientos previos que se requieren para poder llegar a formular los criterios metodológicos en que se fundamentan las operaciones pertinentes al método semiótico, conocimientos también provisionales, como lo son las mismas operaciones que la disciplina semiótica utiliza en un determinado momento.

Desde esta perspectiva, una metodología necesita estar apoyada en un conjunto de conceptos bien (pero siempre provisionalmente) fundamentados. Por ejemplo, entre otros muchos, será necesario disponer de conocimientos acerca del concepto de “signo”, de “representación”, de “enunciado”, de “valor” (éste último como designación genérica de la significación dialécticamente contrastada con los demás signos del mismo sistema, ya sea en su aspecto sintáctico [ser un sustantivo masculino es un significado metalingüístico posible de “sillón”], ya sea en lo relativo a la semántica [la calidad de mueble con peculiares características que se proyecta como el referente de “sillón”] y, en cada caso, recuperada por el análisis del uso); así mismo se requiere disponer de un concepto operativo y empírico de “contexto” (evitando, en las semióticas de la imagen visual o de la imagen musical o de la imagen del sabor o de la imagen del comportamiento, etc., la connotación estrictamente lingüística [su linealidad, por ejemplo] y buscando identificar las características pertinentes a la calidad de cada contexto [por ejemplo, las cuatro dimensiones: lineal, superficial, volumétrica y temporal que intervienen en la configuración del contexto del comportamiento como signo]); y, como dije, de muchos otros términos, algunos de los cuales esbozo en el “Glosario”, en la segunda parte de este trabajo. O sea, hay conceptos que adquieren un específico significado en el ámbito de la semiótica y que son fundamentales para establecer la eficacia metodológica de las operaciones que constituyen la especificidad de la semiótica. Considero, por el contrario, que no existen conceptos que permitan identificar a la semiótica como una entidad autoconsistente en el universo de los fenómenos sociales; la semiótica adquiere, en cada caso, la calidad ontológica del fenómeno cuya significación pretende explicar. Ello es coherente con la posición asumida en el punto anterior, acerca de considerar a la disciplina semiótica como una metodología de investigación en ciencias sociales.

Y aquí una acotación netamente dialéctica: tan provisionales considero a esos conceptos y a esas operaciones que cimientan y dinamizan, respectivamente, a la semiótica, que les atribuyo el destino de llegar a provocar su propia desaparición; de agotar, al aplicarla, su propia potencia explicativa, ya que sus éxitos van demarcando sus propios límites, o sea, aquello de lo que no puede dar cuenta, pero que no hubiera podido llegar a conocerse (en cuanto límite) más que después de haber intervenido y gracias a la aplicación de la propia semiótica. En definitiva, los semiólogos, si cumplimos adecuadamente con nuestra tarea, seremos quienes acabaremos con la semiótica: aplicándola, usándola, mostrando su eficacia, ya que todo ello conducirá a tomar conciencia de sus límites, a saber dónde no resultará aplicable, dónde se mostrará ineficaz, qué pregunta no podrá responder (lo que hoy no es ni siquiera imaginable porque no sabemos todavía que tal pregunta exista o que sea formulable), pero que sólo como resultado de su propia práctica, de su efectiva aplicación, podrá llegar a conocerse ese desconocimiento que la semiótica habrá producido pero que no podrá resolver (Magariños de Morentin, en prensa). En definitiva: el destino de la semiótica es dar a conocer un desconocimiento que ella misma ya no puede resolver. Y de ello surgirá un nuevo conocimiento, una nueva forma de operar que resuelva esa limitación que, sin que se supiera antes de usarla, contenía la semiótica: el conocimiento de su propia negatividad, con la que se construirá una nueva metodología; para que, en definitiva, ese nuevo conocimiento ingrese, también, en un nuevo proceso de agotamiento respecto de esas nuevas respuestas que mostrarán otras preguntas que, a su vez, quedarán sin resolver, y así indefinidamente, construyéndose de este modo la superación histórica (no necesariamente el progreso) como carácter constitutivo del conocimiento humano. 5

1.3 Hacia una teoría dinámica de los discursos sociales

Del concepto de semiótica que venimos analizando quisiera comentar, elementalmente, lo que considero que surge de las dos últimas proposiciones: “.../ cómo se la comunica (a la significación) / y cuáles sean sus posibilidades de transformación.”

En principio, la comunicación constituye el comportamiento (en cuanto proceso) en el que la significación adquiere su específica existencia y es, también, el comportamiento (asimismo, en cuanto proceso) en virtud del cual llega a perder su posibilidad de seguir existiendo en cuanto tal, por exigencia de su propia superación. Esto se puede comprender si se considera que el hecho de transformarse es una cualidad inherente a toda significación.

Tengo que aclarar que entiendo por existencia de la significación su circulación y vigencia (lo que nada tiene que ver con su verdad o falsedad), en el interior de un determinado grupo social.

Al incluir a la significación y al proceso de comunicación de tal significación en el concepto de semiótica, estoy afirmando que la semiótica deberá proporcionar las operaciones necesarias para identificar los modos según los cuales una determinada significación se propone, en un determinado enunciado, para la identificación de un determinado fenómeno social, ante los integrantes de determinada comunidad, circula entre ellos, y resulta interpretada por tales integrantes de ese determinado grupo social (que se constituye en tal en la medida en que concuerdan en compartir o debatir la vigencia de determinada significación) que así la aceptan como uno de los modos posibles de percibir la existencia del fenómeno en cuestión.

En esta circulación, la significación cambia. O sea, los sucesivos interpretantes, al construir nuevos signos, a partir de la interpretación de otros determinados signos, los modifican, de modo que el signo interpretado ya no es el mismo signo propuesto a la interpretación. Esto sugiere la necesidad, inherente a la semiótica, de la construcción de una teoría dinámica de los discursos sociales (en cuanto conjunto efectivamente existente de las construcciones semióticas que circulan en una sociedad).

Esta teoría sería dialéctica (como es dialéctica la propia existencia de la semiótica, según afirmé un poco antes), ya que la interpretación del significado va determinando relaciones de negación y síntesis, que constituyen un gradiente de distanciamiento del discurso inicial, hasta construir otro discurso en el que ya no son válidas las reglas según las cuales se construyó el primero. Estaríamos, en ese momento, ante una nueva semiosis o un nuevo lenguaje; se habrá producido una especie de "ruptura epistemológica" en la sucesión de discursos, lo que correlativamente habrá conducido a la construcción de un nuevo universo de objetos semióticos; o sea, si circula otra semiosis, se construye otro mundo. Y en esta transformación consiste el transcurso histórico, que se independiza del transcurso cronológico, de modo tal que el transcurso histórico puede manifestarse, también, en la coexistencia, en un momento determinado, entre las diferentes partes de una misma sociedad o grupo social, en el cual habría subpartes que habitarían tiempos históricos diferentes, pese a su contemporaneidad (cabría preguntarse, en el transcurso de nuestra cotidianeidad, qué momento histórico enfrentamos cada vez que abrimos una puerta.)

Para producir investigaciones encuadradas en tal teoría dinámica, capaz de dar cuenta de la dialéctica inherente a la existencia de los discursos sociales, la semiótica necesita disponer de determinadas operaciones fundamentales y rigurosas que muestren cómo se produce y cómo se transforma la significación del fenómeno social en estudio.

Como designaciones y descripciones tentativas de los conceptos correspondientes a tales operaciones, he propuesto los siguientes:

1/ atribución de un valor a una forma (significante o representamen6) como efecto del conjunto de las posibilidades de su integración contextual junto a otras formas (significantes o representámenes); construye el valor sintáctico de la forma de cada signo en cuanto pertenecientes a una determinada semiosis;

2/ sustitución entre, al menos, dos semiosis, una de ellas en función de sustituyente y la otra en función de sustituida; construye el valor semántico de las formas de los correspondientes signos pertenecientes a tales semiosis; valor semántico que nunca podría afirmarse de una única semiosis, sino de la interrelación diferencial entre la semiosis que sustituye y la sustituida; esto implica  aceptar que para que haya semántica tiene que haber, al menos, dos semiosis operativamente vinculadas en una relación de sustitución: en una se propone el signo y en la otra se configura el objeto semiótico;

3/ superación entre, al menos, dos pares de semiosis, de modo tal que una semiosis pierde capacidad de sustituir, o sea, de construir los significados de los fenómenos de determinado mundo (primer par: signos sin eficacia para generar objeto semióticos), en virtud de la entrada en vigencia de otra semiosis (que sustituye a la precedente) que construye otros significados de los fenómenos de un mundo que ya no es el precedente (segundo par: nuevos signos con eficacia para generar nuevos objetos semióticos); construye el valor pragmático de las formas de los correspondiente signos pertenecientes a las semiosis involucradas: en el proceso de la comunicación, construyen determinado significado y muestran su limitación para construir otros significados que se hacen posibles a partir del efectivamente construido.7

Considero que estas designaciones y estos esbozos de descripción de las correspondientes operaciones se corresponden con los procedimientos reiteradamente descritos por quienes han construido la teoría y la práctica de la semiótica; lo único que pretendo es sintetizar y abstraer el múltiple pensamiento y las múltiples aplicaciones de la semiótica, de modo que puedan ponerse a disposición de quienes se acercan a esta disciplina para conocer su estructura teórica y la dinámica de su aplicabilidad.

1.4 La base textual del significado. Producción e inferencia

Yo no me comunico en representación de la semiótica, lo que consideraría a la vez pretensioso y absurdo, sino tan sólo a título personal. En realidad, la semiótica, como cualquier ciencia, no existe al margen y con independencia de cada uno de los escritos que la van construyendo. Sólo desde un punto de vista político, en este caso el de la búsqueda del poder académico, puede alguien arrogarse o pretender ser el portavoz autorizado de la semiótica, lo que vendría a querer decir que todo lo que ese escritor dice es semiótica por el hecho de decirlo él. Esto viene a cuento, para aclarar que lo que yo pueda afirmar corre bajo mi exclusiva responsabilidad y que podrá o no ser compartido por otros semiólogos y podrá o no resultar útil para otros investigadores.

Desde esta perspectiva, me interesa comentar el alcance que le atribuyo al concepto de “significado”, por el hecho de considerar a la explicación (1) de su producción, (2) de la interpretación de sus características identificatorias y (3) del proceso de su transformación, los aspectos fundamentales de la tarea analítica que le asigno a la semiótica.

Considero que el término “significado” abarca la totalidad y cada uno de los aspectos posibles que pueden aparecer, como interpretación de determinado fenómeno, en la construcción del conocimiento (poético, científico o mítico) del mundo, tal como lo realiza determinada sociedad en determinado momento de su historia. O sea, uso “significado” como el conjunto de interpretaciones materializadas en determinados discursos, relativas a determinados fenómenos y vigentes en determinado momento de determinada sociedad, con lo que resulta admisible la pretensión de describir y explicar la producción del significado en esa determinada sociedad y momento.

La semiótica procura explicar la producción de esa(s) interpretación(es), siempre con la prudencia de acotar adecuadamente el campo de estudio o contexto en función del cual se considerará viable tal pretensión explicativa. El carácter fundamental que habrá de conferirle rigor al desarrollo que conduzca a la obtención de ese objetivo consiste en que dicha explicación se base en la textualidad de determinada(s) semiosis, o sea, en la materialidad de discursos no sólo verbales, sino también visuales, auditivos (musicales), gestuales, comportamentales, etc. vigentes (o sea, efectivamente en uso y, en diferente medida, aceptables) en determinada sociedad.

Aquí, “textualidad”, así como, en su oportunidad, “contextualidad”, son términos que se refieren a la materialidad existencialmente efectiva de tales semiosis sustituyentes y no alsistema (social, cultural, lingüístico o de la semiosis que corresponda), que siempre, al menos por definición, se considera virtual, en cuanto pura posibilidad. Con la expresión“posibilidad virtual del sistema” se entiende la posibilidad que tiene todo sistema de llegar a manifestarse (transformados sus tipos y relaciones en enunciados en los que se aplican las reglas que lo constituyen) mediante la producción de la correspondiente textualidad, en el proceso de producción de la comunicación (o producción de determinadas semiosis sustituyentes). Por ser esto así, es posible la recuperación de ese sistema virtual, mediante una inferencia que se obtiene invirtiendo el anterior proceso de producción de textualidad; inversión mediante la cual se accede a dicho sistema virtual e inversión en la que consiste tanto el proceso de interpretación como el de investigación, los cuales, a partir de la textualidad (o sea, a partir de la semiosis sustituyente efectivamente producida que se esté percibiendo), permiten inferir la virtualidad (de otro modo inaccesible) del sistema y, por tanto, permiten comprender y/o explicar la eficacia significativa resultante de la producción de dicha textualidad. Recuperar el sistema a partir de los textos que de él se derivaron permite conocer las posibilidades significativas de determinado sistema cognitivo tal como es compartido y diversificado en el interior de determinada comunidad (la cual se identifica por el hecho de poseerlo) y en ello consiste un importante aspecto de la eficacia que se le atribuye a la semiótica.

A la semiótica o, mejor, a los semiólogos corresponde la tarea de ir proponiendo los discursos en que se enuncien las operaciones necesarias, rigurosas y explícitamente definidasque sean eficaces para, a partir de los resultados que se obtengan al intervenir con ellas en las materialidades discursivas mencionadas, inferir el conjunto de operaciones mentales (en que lo individual, en cuanto eventual autoría, se especifica en lo social, en cuanto posibilidad de aparición de tal individualidad), disponibles en determinado momento de determinada sociedad, que han concurrido a la producción de aquellos discursos interpretativos que por hipótesis se ha supuesto que atribuyen significación al fenómeno en estudio (y aquí utilizo “significación” porque me refiero a la calidad de la existencia ontológica atribuida a determinado fenómeno; mientras que con “significado” me refiero a la interpretación de la textualización del concepto que determinados individuos de determinada comunidad atribuyen a un determinado fenómeno, como consecuencia de la interpretación de determinado enunciado que tiene a dicho fenómeno como referente; la “significación” lo es de un fenómeno, el “significado” lo es de un concepto).

El resultado, en caso de tener éxito, será conceptual o afectivo o emotivo o puramente cognitivo (etc.), pero, en cualquier caso, su determinación requerirá partir de concretas (y por supuesto, múltiples) materialidades discursivas, utilizar un conjunto de operaciones1 formalizadas (no necesariamente simbolizadas, pero sí explícitamente definidas) y, por su intermedio, demostrar qué operaciones2 mentales, provenientes de qué vigencia social (o sea, permitidas, exigidas o excluidas por determinado estado de las normas sociales), han dado lugar a los discursos que han construido el significado de los conceptos con los que se construye la significación de los fenómenos en estudio.

Es necesaria esta doble referencia diferencial a “operaciones”, ya que las primeras: operaciones1, son operaciones técnicas destinadas a intervenir analíticamente en los discursos sociales, perteneciendo, por tanto, al ámbito de la disciplina semiótica; mientras que las segundas: operaciones2, son las operaciones cerebrales-mentales de representación/interpretación que produjeron tales discursos, perteneciendo, por tanto, al ámbito filogenéticamente constituido de la facultad semiótica, y que, por hipótesis, pueden ser identificables y recuperables mediante aquellas operaciones técnicas.

1.5 Para ver hay que conocer

Acerca de esta inicial aproximación a las operaciones semióticas fundamentales (atribución, sustitución y superación), hay algunos aspectos que me gustaría comentar.

Uno de los que me interesan especialmente es el relativo a saber si las operaciones de atribución y de sustitución suponen que los valores y las formas preexisten a su puesta en relación. Me interesa porque tiene que ver con la perspectiva cognitivo-dialéctica desde la que, personalmente, oriento la investigación semiótica y, por tanto, su metodología.

En efecto, por una parte, no se pude partir de la nada (todo acto creativo es una diferencia respecto de algo que ya existía). Eso de lo que se parte consiste en la vigencia de determinados sistemas semióticos, en cuanto efectivamente utilizados para construir los respectivos discursos (simbólicos, indiciales y/o icónicos) con los cuales, determinado grupo social (definido a posteriori, por la constatación de tal vigencia y no por algún criterio apriorístico de “positivismo de secano” 8), en determinado momento, construye la significación de la totalidad de los fenómenos sociales (entre los cuales estará el fenómeno en estudio y, por tanto, el/los discurso/s correspondiente/s).

Así que, en un momento dado, todas las posibilidades de atribuir significación a un fenómeno están acotadas por las diversas e incluso contradictorias semiosis sociales (sistemas virtuales y discursos efectivos) vigentes en el grupo social en estudio. Hay una correspondencia entre sistema semiótico y significación de un fenómeno, mediada por el discurso (o semiosis sustituyente) que puede producir (o que puede provenir de) tal sistema y la significación que este discurso puede atribuir a tal fenómeno (o semiosis sustituida).

Hay que tener en cuenta que existe una etapa pre-discursiva (en cuanto todavía no significativa) que es fundamental en este conjunto de operaciones y que puede identificarse como la etapa de construcción del texto, en cuanto resultado, puramente sintáctico, de la combinatoria que permite(n) el(los) sistema(s) utilizable(s) por los miembros del grupo en cuestión. Quienes están leyendo este texto, por una parte lo identifican como resultado de una semiosis lingüística permitida por el sistema de la lengua (castellana), en cuanto conjunto de párrafos sintácticamente correctos; por otra, lo reconducen a un sistema de conceptos preexistente y buscan situar los efectos de sentido que tales párrafos van produciendo acerca de, en sustitución de, como expansión de, en contradicción con, otros conceptos preexistentes y poseídos por ellos (en función de lo cual, aceptan, modifican o rechazan los conceptos que estos párrafos proponen; todo ello, no de un modo procesual, como requiere el describirlo, sino con el sistema neuronal trabajando en paralelo).

Sólo mediante este conjunto de operaciones, el texto se transforma en discurso, al menos en el sentido que aquí les confiero a estos términos; entendiendo por “discurso”: un texto semantizado, y por “texto”: un discurso desemantizado (o un desarrollo sintáctico que todavía no ha sido semantizado). Definiciones recursivas que tienen como eje diferencial, para el texto, la atención puesta en el cumplimiento de las reglas de contextualización de la semiosis de que se trate (en algunos casos, icónico e indicial, de muy difícil determinación, al menos hasta el momento), y para el discurso, la atención puesta en el cumplimiento de las reglas de semantización vigentes para esa semiosis en esa sociedad, o sea, las características de los significados o el “argumento” peirceano, que pueden construirse con tales contextualizaciones (por lo general, de muy difícil determinación, al menos hasta el momento). Si todo se agotara en esta producción de determinados discursos a partir de determinados sistemas la consecuencia sería trágica: no existiría la historia (lo que no deja de ser una pista para comprender, aparte de su falsedad, el autoritarismo e incluso la esclavización de la mente humana implícita en la mera idea de que la historia o algún aspecto de la historia, haya terminado).

Hasta aquí, en este aspecto cognitivo-dialéctico de la relación e

  • ntre sistemas y discursos mediados por los textos, están dos de las operaciones que vengo comentando: (1) la atribución que construye textos contextualizando, o sea, poniendo a las formas de un determinado sistema en una determinada relación física, material, existencial (e insisto, formas ya bien significantes, si sólo se toma en consideración la contextualización que el propio sistema, en sí mismo, le confiere a las formas de los signos que lo constituyen, ya bien representámenes, si se toma en consideración el valor, provisionalmente sintáctico, que el interpretante conferirá a esas formas contextualizadas) y (2) la sustitución que construye discursos por la interrelación de dos sistemas: el de los signos y el de los objetos semióticos; interrelación que, con sus precisiones, ambigüedades y desplazamientos constituye lo que denominamos semántica, la cual, referida a los signos da lugar a los enunciados (incluso en sentido foucaultiano; M. Foucault, 1969: 116) o semiosis sustituyentes y referida a los objetos semióticos da lugar a los referentes (especialmente en el sentido cognitivo que les atribuye F. Rastier, 1991: 82) o semiosis sustituida.

    Una nueva etapa histórica se originará cuando otra semiosis aparezca en los intersticios de esos signos contextualizados (“el sonido y la furia”)9  y en las ambigüedades de esos objetos semióticos (“percepto entrópico”; ver Denbigh, K. G., 1989) y, sobre todo, en la intuición que genera un espacio conceptual posible (“mente borrosa”) acerca de la existencia de otros objetos semióticos posibles que sólo se percibirán después de haberse construido, reiteradamente (con el consiguiente y progresivo envejecimiento de la semiosis que los incluye), los objetos semióticos permitidos por los sistemas vigentes (no sólo lógicos o simbólicos, sino también emocionales, estéticos, metafísicos, etc.; si tal etc. aún puede caber) y cuya construcción, paulatinamente, van dejando de permitir. En el Apéndice 1.8.3 Pensamiento, Semiosis, Mundo, puede seguirse el desarrollo de estos conceptos.

    En esa insatisfacción es donde la comunidad empieza a sentir la necesidad de otra semiosis para que nuevos discursos vengan a permitir percibir otros fenómenos, que ya no serán los mismos que los anteriores, del mismo modo que los textos y discursos ya no serán los mismos que antes, sino que otra semiosis habrá aparecido que, por las carencias detectadas en las anteriores, será aceptada por la comunidad, esa misma comunidad que habrá sido su única y efectiva creadora. Cuando esto ocurre y sólo a condición de que ocurra, puede decirse que habrá historia, o sea, que es identificable la intervención de la (3ª) operación, la de superación, en cuanto apertura hacia nuevos (en cuanto efectivamente históricos) universos constituidos por otras percepciones que se hicieron posibles mediante otras semiosis eficaces; en definitiva, en todos los casos vemos lo que las semiosis disponibles nos permiten ver y del modo como nos lo hacen ver (de modo similar, Carlos Varela, 1996: 155, afirma que “ver es creer, en cuanto práctica de la creencia”).

    1.6 La significación construida

    Sobre el tema de considerar a “la significación como el conjunto de interpretaciones materializadas en determinados discursos, relativas a determinados fenómenos y vigentes en determinado momento de determinada sociedad” no sé si habré logrado trasmitir lo que me propongo.

    Yo estoy evitando la significación conceptual o normativa, que sería la que viene predefinida desde determinados sistemas simbólicos y que conduce a la pretensión de estar en condiciones de juzgar si la significación asignada a un fenómeno es correcta o no. Este enfoque conduce a un análisis dogmático-hermenéutico de todo texto y de toda interpretación que se le atribuya, ya que la verdad y la falsedad están establecidas a priori. Así, habría una verdad, en la realidad o en algún sistema de creencias, a la que habría que atenerse; positivismo y dogmatismo metafísico avanzan en total acuerdo.

    Otra cosa es que todo texto proceda de algún sistema, ya que esta afirmación pertenece a la descripción del proceso cognitivo de producción de un comportamiento que implica la actualización de una posibilidad, pero que no condiciona la aparición de determinado contenido y no de otro. Lo que estoy buscando es una explicación que dé cuenta del proceso deconstrucción de la significación que realizan los miembros de una comunidad, al interpretar un texto y, así, conferirle existencia ontológica a un fenómeno. Puede ser que todos produzcan la misma interpretación, o sea, que le asignen el mismo contenido a las interpretaciones que vayan produciendo; pero también puede ser (y, por hipótesis, es lo que afirmo como regla del comportamiento simbólico de cualquier comunidad) que no sea posible reconducir a la unidad el conjunto de las interpretaciones que en esa comunidad se van produciendo acerca de determinado fenómeno en estudio.

    Ésta es la que considero tarea fundamental de la semiótica: proporcionar las operaciones mediante las cuales puedan inferirse los sistemas de donde proceden las representaciones - interpretaciones (perceptuales y conceptuales, respectivamente) que van siendo producidas, en determinado momento de determinada sociedad. Y ello incluye sus coincidencias y divergencias, la forma de su pluralidad, esos modelos o configuraciones de significaciones posibles, producidos y provisionales (nunca punto de partida ni punto de llegada definitivos), a los que designo como “mundos semióticos posibles” que pueden definirse como los diversos conjuntos de opciones disponibles, en determinado momento de determinada sociedad, para que sus miembros construyan las significaciones de los fenómenos de su entorno, y la posibilidad de reconocer las opciones creativas que quiebran las disponibles y enriquecen, superándolas, a las semiosis (lenguajes verbales, visuales, kinésicos, etc.) existentes.

    Entonces, la disciplina semiótica no proporciona las operaciones que permitan juzgar el grado de proximidad o de apartamiento de las interpretaciones efectivamente producidas en determinada sociedad, respecto de algún dogma de eventual vigencia hegemónica, estableciendo la verdad o la falsedad de tales interpretaciones. Se trata, más bien, de un conjunto de operaciones que permita explicar cuáles son, cómo se construyen y qué transformaciones producen en los modos habituales de significar, esas interpretaciones cuyo registro habrá de requerir un relevamiento representativo y adecuado de las semiosis sustituyentes que circulan en determinado momento de determinada sociedad.

    1.7 Problemas y divergencias

    Quisiera reunir, a título meramente indicativo, algunos de los temas, problemas y concepciones divergentes que considero especialmente importantes en semiótica, sin pretender agotarlos ni resolverlos.

    Por ejemplo, la semiótica no es una reflexión crítica, ni un enfoque informal y de algún modo iconoclasta, acerca de la semántica lingüística. La semiótica plantea el problema de la explicación de la producción del significado desde todas y cada una de las semiosis disponibles en determinado momento de determinada sociedad.

    La semiótica propone respuestas al problema de la explicación de la producción del significado a partir del supuesto de que la lengua puede explicar (limitadamente) cómo otra semiosis produce determinado significado, pero no puede sustituirla en la tarea de producirlo.

    La semiótica propone respuestas al problema de la explicación de la producción del significado a partir del supuesto de que cada semiosis produce un efecto de significación específico e intransferible. Entiendo, provisionalmente, por “efecto de significación” a la confluencia del significado proveniente de los conceptos construidos en los textos de determinada(s) semiosis, con la significación que ello permite, consistente en la atribución de existencia ontológica a determinado(s) fenómeno(s) del entrono. También la expresión“efecto de significación” recalca el enfoque de considerar a la significación como un resultado y no un presupuesto.

    La semiótica propone respuestas al problema de la explicación de la producción del significado a partir del supuesto de que ninguna semiosis se basta a sí misma para realizar tal tarea.

    La semiótica propone respuestas al problema de la explicación de la producción del significado a partir del supuesto de que existe un dispositivo mental (o quizá algo semejante a la“estructura conceptual” de R. Jackendoff, 1989: 121ss) de coordinación y complemento entre las distintas significaciones que adquiere un fenómeno como resultado de las múltiples enunciaciones visuales, verbales, acústicas, táctiles, kinésicas, gustativas, olfativas, etc., que se vienen formulando acerca de tal fenómeno, cuyos interpretantes se procesan en el cerebro de cada ser humano capaz de identificar ese fenómeno; en este sentido, toda semiótica sería sincrética.

    La semiótica propone respuestas al problema de la explicación de la producción del significado a partir del supuesto de que la semiótica estudia, identifica, aplica y (en determinada medida) prevé la eficacia de las operaciones (mentales, calculatorias) con las que cada una de las distintas semiosis atribuyen a los fenómenos del entorno las significaciones que le son específicas.

    La semiótica propone respuestas al problema de la explicación de la producción del significado a partir de la condición de que no se maneje con modelos con los que (1) se clausura toda posibilidad de un nuevo significado y (2) sólo se  puede reconocer lo ya sabido. Por ello, en la semiótica se opta por utilizar operaciones en cuanto reglas rigurosas de procedimiento que no implican el contenido del resultado.

    La semiótica propone respuestas al problema de la explicación de la producción del significado a partir del supuesto de que la forma de la expresión construye la forma del contenido y no a la inversa (por lo que no existen contenidos sustanciales ni universales) y de que todo ello sólo ocurre en el interior del sistema histórico-social de conocimiento desde el que un intérprete la percibe y en el que la incluye y donde la transforma y desde el que la transfiere.

    La semiótica propone respuestas al problema de la explicación de la producción del significado a partir del supuesto de que toda significación es un constructo y de que antes de que el hombre estuviera sobre la tierra no existía significación alguna.

    La semiótica propone respuestas al problema de la explicación de la producción del significado a partir del supuesto de que toda semiosis tiene historia; esto implica que toda semiosis sustituyente lleva en sí el germen de su propia negación (Magariños de Morentin. 2007). Esta “propia negación” consiste en que lo que, en un determinado momento histórico de determinada comunidad, la nueva semiosis sustituyente permite construir no era imaginable desde la anterior semiosis sustituyente (salvo que no haya habido tal construcción, sino una mera reconstrucción). A mi criterio, ni el “significado” en cuanto interpretación textualizada de los conceptos con los que se atribuye significación a los fenómenos ónticos y entrópicamente indiferenciables del entorno, constituyéndolos en fenómenos sociales identificables en el mundo del intérprete, ni la “poética” en cuanto posibilidades semióticas de producción de la significación de los fenómenos sociales, son patrimonio de la lingüística, sino que se comparten entre todas las semiosis socio-históricas disponibles. En este sentido,cada semiosis construye sus propios significados y  tiene su propia poética.

    La semiótica propone respuestas al problema de la explicación de la producción del significado a partir del supuesto de que lo que identifica constitutivamente a un grupo social es el uso que hace de sus semiosis sociales para la atribución de significaciones a los fenómenos de su entorno, que sólo con ese uso se constituyen en significativos.

    La semiótica propone respuestas al problema de la explicación de la producción del significado a partir del supuesto de que cada grupo social es libre en el uso que hace de sus semiosis sociales, sin tener que cuidarse de respetar verdades metafísicas, verdades científicas o eficacias técnicas de ningún tipo. Esto proviene de que la metafísica, la ciencia y la técnica son los resultados del uso de las semiosis sociales (por tanto, locales e históricos) y no principios válidos previos a toda semiosis.

    La semiótica propone respuestas al problema de la explicación de la producción del significado a partir del supuesto de que la libertad en el uso de sus respectivas semiosis sociales tiene como límite la necesidad de comunicación. Así, la creatividad individual tiene como límite externo la interpretabilidad por otro, en algún momento; y tiene como límite interno la posibilidad de alcanzar, en algún momento, la consistencia de la propia interpretabilidad. Fuera de estos límites, hacia el interior o hacia el exterior, comienza la alienación: el individuo tiene que dejar de ser él para sí mismo, para empezar a ser él para otros; hacia el exterior se encuentra con la alienación que le exige la sociedad para integrarlo; hacia el interior se encuentra con la alienación que lo conduciría a ser un alienado de sí mismo (reaparece “el sueño de un demente en el rincón de un manicomio”).

    El problema de la identificación de los resultados de los usos a los que las distintas semiosis son sometidas, en un determinado grupo social y en un determinado momento histórico, con el objetivo de construir la significación del entorno, es lo que encuadro bajo la denominación de los “mundos semióticos posibles”.

    No existe una reflexión metasemiótica que de cuenta definitiva y consistentemente de la validez y eficacia de todas las semióticas posibles, ya que necesitaría de una metasemiótica de nivel superior que diera cuenta de su propia validez y eficacia (reflexión homóloga a la planteada por Gödel acerca de la lógica. Ver Hofstadter, 1999). Ésta es otra de las razones por las que considero inviable una consideración de la semiótica como ciencia: su única posibilidad como tal consistiría en dar cuenta de su propia  cientificidad.

    Con lo que vengo diciendo y atendiendo a que, desde otras perspectivas semióticas, pueden adoptarse criterios diferentes, no pretendo entrar en polémica, sino que, respetando profundamente los diversos criterios vigentes, trato de mostrar las posibles ventajas que puede aportar el hecho de adoptar las que aquí enuncio, como eventuales pautas operativas para la investigación semiótica.

    Los criterios de los que he formulado un pequeño resumen (que sólo vale en cuanto punto de partida y que requiere, todavía, de los consiguientes desarrollos operativos), me han dado buenos resultados (en cuanto a la obtención de explicaciones plausibles acerca de la producción, circulación y transformación de las significaciones, socialmente vigentes, de determinados fenómenos) y me han permitido conservar una satisfactoria coherencia teórica, ya que pude mantenerlos sin auto-contradecirme, al menos a lo largo de cada investigación y/o texto académico, pero con libertad para modificarlos al pasar de una a otra investigación o de uno a otro texto. Mantengo mi libertad para seguir cambiando, desde mi adhesión (nunca dogmática) al concepto foucaultiano de sujeto (Foucault, 1969: 68), con el que, hasta el momento, también me siento cómodo.

    Desde esta perspectiva, enfrentaré el análisis de las semióticas simbólica, icónica e indicial, y de todas sus variantes y combinatorias tratando de establecer cómo significan, qué significado textualizan y qué significaciones atribuyen al entorno, en determinado momento de determinada sociedad.

    1.8 Apéndices

    1.8.1 Otra vez, ¿qué es la semiótica?

    He partido de un concepto estático de semiótica al que, después, me he impuesto dinamizar. Lo considero válido y eficaz. No obstante, siguiéndolo a Foucault (1970: 43 et al.), tampoco pretendo que una definición construya el contenido único de una disciplina, sino que podrá identificar un punto de dispersión, a partir del cual se despliegan perspectivas distintas desde las que se construyen interpretaciones diferentes.

    Precisamente, la semiótica se impone, como uno de sus objetivos o finalidades, explicar desde qué perspectiva se ha construido determinada interpretación; sin que la semiótica se reduzca a esto.

    La actitud diferencial de la semiótica, al menos en lo que a mí me interesa, es que excluye el supuesto de una situación inicial en la que un sujeto se encuentra ante un objeto. La excluye porque su interés consiste en establecer las características del instrumento social mediante el cual se construye un sujeto al involucrarse en la tarea de construir un objeto; proceso a cuyo término recién podrá decirse que ese sujeto se encuentra en presencia de ese objeto. Y ahora dispersemos: los instrumentos sociales que hacen posible esa relación son múltiples; los sujetos que se construyen al manejar cada uno de tales instrumentos sociales son múltiples; los significados que resultan construidos, según el manejo que esos sujetos hagan de tales instrumentos, son múltiples; y las significaciones atribuidas a los fenómenos del entorno (que, como instancia final de esta etapa, así se transforma en mundo), según el manejo que esos sujetos hagan de tales instrumentos, también son múltiples. Por su parte, ésta es la tarea que hará percibibles a los objetos y que permitirá percibir tantos objetos cuantas significaciones se construyan, a partir de los significados disponibles, con lo cual estoy afirmando que la percepción es posterior al conocimiento que tenemos de su posibilidad, y está condicionada por éste.

    Desde este enfoque, ninguna característica de determinado objeto, ni general ni particular, es identificable si no es como resultado del modo en que se utiliza determinado instrumento social, utilización y aplicación concreta de la que resultan las características identificadoras del concreto sujeto que así lo ha utilizado.

    Lo que, según mi modo de ver, exige la disciplina semiótica, en cuanto explicación del significado, es que, cuando se afirme algo acerca de un objeto, (1) se hagan explícitas las características del instrumento social que se ha utilizado para afirmar lo que se afirma (lo que incluye, por supuesto: para negar lo que se niega de tal objeto); o sea: identificación y descripción analítica de cuáles son y como operan las semiosis intervinientes; (2) que se hagan explícitas tanto la eficacia diferencial del instrumento social por el que se ha optado (frente a la eficacia de otros instrumentos sociales posibles, vigentes y disponibles en determinado momento de determinada sociedad), como las específicas características del uso que determinado sujeto le ha dado a ese instrumento social, frente a los otros usos posibles, vigentes y disponibles por otros determinados sujetos, o por el mismo sujeto en otro determinado momento, para producir la afirmación en estudio; o sea: mostración del contraste dialéctico entre la eficacia diferencial de las diversas semiosis disponibles (al menos, entre dos de ellas).

    Lo que, desde mi perspectiva al menos, se excluye de la semiótica es el supuesto de que el objeto tenga características propias de alguna especie, pretendiendo prescindir de que haya un sujeto que se constituya en tal al atribuírselas en función de su modo de utilización de determinado instrumento social. Tales aparentes “características propias” son históricas y provienen, por acumulación, de las significaciones que le fueron siendo atribuidas a través de los tiempos.

    Se excluye, también, el supuesto de que el sujeto tenga características propias (salvo su identidad antropológica frente a la de los restantes organismos) de alguna clase con prescindencia de las que provienen de los instrumentos sociales que ha aprendido a utilizar y del modo según el cual los utiliza para atribuirle las características que son identificables al intervenir en la producción de la significación de determinado objeto (la calidad de sujeto es social e histórica; su calidad de organismo es antropológica y evolutiva; sin que estén disociadas una de otra).

    Se excluye, asimismo, el supuesto de que el instrumento social tenga características propias de alguna especie con prescindencia de las que le confiere el sujeto que lo utiliza, por el modo de utilizarlo, en determinado momento, para producir determinadas significaciones acerca de determinados objetos.

    Se excluye, además, el supuesto de que esta tarea, de que alguien afirme algo acerca de algún objeto, tenga características propias de alguna especie que le permitiese prescindir de algún otro, al menos uno, que interprete esa afirmación de un modo determinado; y por aquí viene resonando Peirce, al incorporar al interpretante a la estructura constitutiva del signo. Lo que alguien dice no estará completo hasta que el significado construido se integre, como un nuevo hábito, en la mente de otro.

    De esto resulta que las características, generales o particulares, de determinado objeto son externas al objeto y dependientes del instrumento social utilizado para atribuírselas; que las características del instrumento social son externas a ese instrumento y dependientes del uso que le confiere determinado sujeto en determinado momento de determinada sociedad; que las características del sujeto son externas al sujeto y dependientes del aprendizaje vigente en determinada sociedad para la utilización de los instrumentos sociales disponibles y de la interpretación que se atribuya al modo de utilización y al instrumento utilizado.

    Hablo de "objeto" como ente cognoscible; de "instrumento social" com

El Signo-Umberto Eco (fragmento)

  • Supongamos que el señor Sigma, en el curso de un viaje a París, empieza a sentir molestias en el «vientre». Utilizo un término genérico, porque el señor Sigma por el momento tiene una sensación confusa. Se concentra e intenta definir la molestia: ¿ardor de estómago?, ¿espasmos?, ¿dolores viscerales? Intenta dar nombre a unos estímulos imprecisos; y al darles un nombre los culturaliza,es decir, encuadra lo que era un fenómeno natural en unas rúbricas precisas y«codificadas»; o sea, que intenta dar a una experiencia  personal propia una calificación que la haga similar a otras  experiencias ya expresadas ‘en los libros de medicina o en los artículos de los periódicos. Por fin descubre la palabra que le parece adecuada: esta palabra  vale por  la molestia que siente. Y dado que quiere comunicar sus molestias a un médico, sabe que podrá utilizar la palabra (que el médico está en  condiciones de entender), en vez de la molestia (que el  médico  no  siente  y  que quizás no ha sentido nunca en su vida). Todo el mundo estará dispuesto a reconocer que esta palabra, que el señor Sigma ha individualizado, es un  signo, pero nuestro problema es más complejo.

    El señor Sigma decide pedir  hora a un médico. Consulta la guía telefónica de París; unos signos gráficos precisos le indican quiénes son médicos, y cómo llegar hasta ellos. Sale de casa, busca con la mirada una señal particular que conoce muy bien: entra en un bar. Si se tratara de un bar italiano intentaría localizar un ángulo próximo a la caja, donde podría estar un teléfono, de color metálico. Pero como sabe que se trata de un bar francés, tiene a su disposición otras reglas interpretativas del ambiente: busca una escalera que descienda al sótano. Sabe que, en todo bar parisino que se respete, allí están los lavabos y los  teléfonos. Es decir, el ambiente se presenta como un sistema de signos orientadores que le indican dónde podrá hablar. Sigma desciende y se encuentra frente a tres cabinas más bien angostas. Otro sistema de reglas le indica cómo ha de introducir una de las fichas que lleva  en  el  bolsillo  (que  son  diferentes, y no todas se adaptan a aquel tipo de teléfono: por lo tanto, ha de  leer  la ficha  X  como «ficha adecuada al teléfono de tipo  Y.») y, finalmente, una señal sonora le indica que la línea está libre; esta señal es distinta de la que se escucha en Italia, y por consiguiente ha de poseer otras reglas para «descodificarla»; también aquel ruido (aquel  bourdonnement, como lo llaman los franceses)  vale por  el equivalente verbal «vía libre».

    Ahora tiene delante el disco con las letras del alfabeto y los números; sabe que el médico que busca corresponde a DAN 0019, esta secuencia de  letras y números corresponde al nombre del médico, o bien significa «casa de tal». Pero introducir el dedo en los agujeros del disco y hacerlo girar según los números y letras que se desean tiene además otro significado: quiere decir que el doctor  será advertido del hecho de que Sigma lo llama. Son dos órdenes  de signos diversos, hasta el punto de que puedo anotar un  número de teléfono, saber a quién corresponde y no llamarle  nunca; y puedo marcar un número al azar, sin saber a quién corresponde, y saber que al

    hacerlo llamo a alguien (...)

    Podemos abandonar a Sigma a su destino (con nuestros mejores deseos): si consigue

    leer  la  receta  que  le  dará  el  médico  (cosa  nada  fácil,  porque  la escritura de los clínicos plantea no pocos problemas de descifrado), quizás se ponga bien y pueda aún gozar de sus vacaciones en París.

    Puede suceder, también, que  Sigma sea testarudo e imprevisor, y que ante el dilema: «o  deja de beber o no puedo asegurarle nada sobre su hígado», llegue a la conclusión de que es mejor gozar de la vida sin preocuparse por la salud, que quedar reducido a la condición de enfermo crónico que pesa alimentos y bebidas con una balanza. En este caso, Sigma establecería una oposición entre Buena Vida y Salud, que no es homologa de la tradicional entre  Vida y Muerte; la Vida, vivida sin preocupaciones, con  su riesgo permanente, que es la Muerte, le parecería como la misma cara de un valor primario, la Despreocupación, al cual se opondría la Salud y la Preocupación, ambas emparentadas con el Aburrimiento. Por lo tanto, Sigma tendría su propio sistema de ideas (al igual que lo tiene en política o en estética), que se manifiesta como una organización especial de valores o  contenidos. En la medida en que tales contenidos se le manifiestan bajo la forma de conceptos o de categorías mentales, también ellos  valen por alguna otra cosa, por las decisiones que implican, por  las experiencias que señalan. Según algunos, también ellos se manifiestan en la vida personal e interpersonal de Sigma como signos.Ya veremos si ello es cierto. La verdad es que son muchos los que creen así.Con todo, el ejemplo de que nos hemos valido podría inducir a pensar que esta  invasión  de los signos solamente es típica de una civilización industrial, que puede observarse en el centro de una ciudad, rutilante de luces, anuncios, señales de tráfico, sonidos y toda clase de señales; es decir, como si existieran signos solamente cuando hay civilización, en el sentido más banal del término.(...)Pero es que Sigma viviría en un universo de signos incluso si fuera un campesino aislado del mundo. Recorrería el campo por la mañana y, por la nubes que aparecen en el horizonte, ya sabría predecir el tiempo que hará. El color de las hojas le anunciaría el cambio de estación, una serie de franjas del terre-

    no que se perfilan a lo lejos en las colinas le diría el tipo de cultivo para el que es apto.(...)

    Si fuera cazador, una huella en  el suelo, un mechón de pelos en una rama de espino, cualquier rastro infinitesimal le revelaría qué animales habían pasado por allí, e incluso cuándo...

    O sea que, aun inmerso en la naturaleza, Sigma viviría en un mundo de signos.


El Proceso de Comunicación

El Proceso de Comunicación.

Sin duda, la característica más importante de un buen profesor es su capacidad comunicativa, sobre manera si tenemos en cuenta que para lograr mejorar la calidad de la educación, en cualquier nivel, es preciso que la comunicación que el docente establece con sus alumnos sea eficaz. Por lo tanto, los autores coinciden con Amayuela, Colunga y Alvárez (2005) cuando afirma que es preciso considerar que la comunicación es el vehículo esencial del proceso enseñanza – aprendizaje.

En todo proceso de comunicación es fundamental tener en mente el correcto funcionamiento de tres aspectos: la voz, la personalidad y el lenguaje que utiliza quien comunica. Para profundizar en estos temas se puede recurrir a los trabajos publicados por Del Barrio y Borragán (1998, 1999, 2004, 2005). En ellos se analizan las diferentes condiciones que precisa cualquier comunicación y que se pueden sintetizar en:

En cuanto a la voz y las palabras:

  1. Claridad. Las palabras tienen que ser claras. Hay que mover más la lengua para hablar claro, lo que requiere sentirlo (aprovechando, por ejemplo, el frío del hielo o de otro objeto dentro de la boca, utilizando un hilo…) y crear hueco. Y después hablar como si no se tuviese nada dentro de la boca.
  2. Volumen adecuado al contexto. Se debe conseguir mucha resonancia para que las palabras tengan más consistencia. Hablar en espacios pequeños, como un baño, hace sentir de forma más clara la resonancia.
  3. Ritmo adecuado. La velocidad del habla normal es de 150 palabras por minuto. Una velocidad lenta aporta monotonía, una excesivamente rápida provoca cansancio, confusión y aturdimiento. Hay que adecuar la velocidad a la comprensión del que te escucha. ¿Cómo descubrirlo? Por la forma en que te mira. Lo mejor es cambiar las velocidades para dar más vida a lo que se dice.
  4. Ayudarse del cuerpo. La expresión corporal, el gesto, crea las pausas cuando hablamos y transmite intenciones. Hablar es una acción de todo el cuerpo. La mayoría de las veces, incluso, dice más el cuerpo que las propias palabras. En realidad, los gestos mínimos, especialmente de la cara y los ojos, son los que más van a impactar en el que tenemos enfrente. Conocer el lenguaje gestual te permite expresar con más profundidad y con más seguridad.
  5. Saber jugar con la voz. Hay que hablar manifestando nuestras intenciones, subiendo y bajando los tonos, jugando con la duración de las vocales y con las pausas, es decir, dar vida, dotar de intenciones al mensaje. Quien sabe mover el cuerpo hace que la voz juegue sola.

En cuanto a la personalidad:

  1. Autoestima. Para comunicar es fundamental tener una valoración de uno mismo. La autoestima influirá en nuestra seguridad así como en el rendimiento de lo que nos propongamos.
  2. Empatía. Es necesario atender y hacer ver que entendemos la situación del otro, sin tener que identificarnos necesariamente con ella, pero intentando “ponernos en su lugar”. Debe ser un ejercicio cotidiano y realizado sin ninguna violencia. Contacto visual y escucha activa son las herramientas para obtener un grado óptimo de empatía, creando constantemente un clima de confianza y tranquilidad alrededor.
  3. Sintonía. Tan importante como el mensaje es el interés que tiene en ello el que lo escucha. ¡Solo se escucha con atención aquello que nos interesa! Hay que saber reaccionar ante las señales de atención o de distracción del público. El valor de la comunicación lo da el que escucha.
  4. Autenticidad. Sólo cuando creemos en lo que estamos comunicando podemos transmitir convicción e influir en los demás. ¡Para convencer hay que vivir tu propio mensaje! No digas cualquier cosa, expresa lo que llevas dentro.
  5. Autocontrol. Una comunicación eficaz y positiva implica, también, un adecuado nivel de ejecución. Para esto es conveniente mantener controlados los niveles de ansiedad, confiando en que comunicar es siempre un privilegio.
  6. Asertividad, entendida como la propia capacidad de autoafirmación, de expresión directa de los propios sentimientos, opiniones, derechos, etc... Ser asertivo es sentirse mejor con uno mismo y demostrar que se está vivo.

En cuanto al mensaje:

  1. Preparación. La clave del éxito se asienta en la preparación pausada. Una comunicación debe estar siempre muy “posada”. No es aconsejable montar el caballo de la improvisación, te tirará al suelo.
  2. Corrección. Utilizar un lenguaje adecuado al público, claro y sencillo, pero siempre correcto. ¡Cultivar la lectura de la buena literatura!.
  3. Orden. Mantener el esquema clásico de “Inicio, Desarrollo, Conclusión”: es lo que los demás esperan y además, lo más eficaz.
  4. Claridad de las ideas. Marcar adecuadamente los tiempos. Cada momento del discurso tiene su propia dinámica y es preciso respetarla. Vibrar en cada momento y hacer así vibrar al que escucha.
  5. Novedad. Ser creativo, original, sobre todo al principio, para ganar la atención, para motivar y cautivar.

La Comunicación en el Aula.

Para analizar cómo se produce la comunicación en el aula es necesario tener en cuenta que el profesor posee una autoridad sobre el alumno, y un control del resultado final del proceso didáctico, que se materializa en la calificación final, y que sin duda condiciona todo el proceso comunicativo. En este sentido ya se oyen voces que apuntan hacia la necesidad de establecer una línea de autoridad más horizontal, de manera que se eliminen algunas de las barreras que dificultan la comunicación docente – alumnos, establecidas tradicionalmente.

Sin embargo, a pesar de esta diferencia de poder, definida como relación asimétrica por Camaraco (2005), lo interesante es que tanto el docente como el alumno tengan presente que el objetivo común que debe lograrse es el aprendizaje del alumno, obteniendo el máximo rendimiento. Es decir, el profesor no debe centrarse exclusivamente en transmitir, de la forma más eficaz posible, su materia, sino en que el alumno lo aprenda, y que ese aprendizaje tenga un carácter significativo.

Para lograrlo, el docente debe convertirse en un guía, un apoyo, del aprendizaje del alumno, llegando a ser un comunicador eficaz del conocimiento, de las actitudes y valores necesarios para que el alumno logre ser un ciudadano libre, responsable, democrático, íntegro...

Independientemente de la estrategia formativa que se utilice, el profesor ha de asegurar la comunicación en clase (Núñez, 2004), animando el verdadero proceso de comunicación. Para ello se deben cuidar especialmente tres aspectos:

•  La voz: tan importante es modificar la voz para lograr comunicar al alumno de forma que le atraiga y le motive, como evitar un mal uso, que puede tener consecuencias perjudiciales en el futuro.

•  Control visual: el contacto visual con los alumnos, con todos los alumnos, es fundamental para lograr una comunicación eficaz. El contacto visual debe establecerse a lo largo de todo el discurso, puesto que la buena orientación de la mirada permite la captación inicial de la atención de los alumnos, además de ayudar a mantenerla.

•  Control corporal: el movimiento del cuerpo del profesor transmite tantos mensajes como la propia voz (comunicación no verbal), por lo tanto controlar el cuerpo, de manera que su expresividad sea congruente con el discurso, es fundamental para asegurar el éxito de la comunicación.

Cuando un profesor es capaz de establecer con sus alumnos una comunicación verdaderamente educativa, según Camacho y Sáenz (2000) se cumplen los siguientes requisitos:

•  La comunicación se basa en la confianza mutua y no en las relaciones de dominio – sumisión. La confianza mutua se basa en el entendimiento y la mutua comprensión.

•  La comunicación se produce tanto en situaciones formales (más habituales en el aula), como en situaciones informales (tanto dentro como fuera del aula).

•  Es posible la libre expresión de las ideas y de las manifestaciones personales.

•  Se favorecen frecuentes intercambios de los papeles de emisor y receptor, en los que la comunicación fluye en todas direcciones.

 

 

El Diálogo con el Texto -Nan José de la Cueva

EL DIÁLOGO CON EL TEXTO

Nan José de la Cueva H.*

En este momento el tema del texto es vigente para quienes estudian el lenguaje desde diversas disciplinas pues, cuando se lo examina, es fuente de muchas problemáticas relacionadas con su constitución y su interpretación.

En el ámbito filosófico, el tema del texto resulta un campo privilegiado para plantear y discutir problemas. Aunque es propiamente un objeto de la hermenéutica filosófica, sus implicaciones pronto se ramifican hacia prácticamente cualquier disciplina filosófica, muy señaladamente hacia la filosofía del lenguaje, la antropología filosófica, la ontología e, incluso, la teoría del conocimiento y el problema de la verdad.

En efecto, si atendemos a que la comprensión de un texto requiere una interpretación, ¿qué garantía tenemos de que una interpretación es verdadera y otra no? O más aún ¿es la verdad un predicado de la interpretación?, ¿hay alguna razón para que una interpretación deba ser verdadera? Y si sostenemos que no hay razones para considerar que una interpretación es verdadera, ¿no ofrecemos un fundamento al relativismo? (desde luego, si el lector es relativista no encontrará nada objetable en lo anterior).

Ya en 1914, José Ortega y Gasset llamaba la atención del público europeo hacia lo que llamó “el tema de nuestro tiempo”. Este tema, como él lo miraba, era el principal pendiente en el orden del día del mundo occidental. Era una cuestión urgente el ejercer una razón vital que conciliara justamente dos contrarios extremos y equivocados: el relativismo y el objetivismo.

Un siglo transcurrió desde que Ortega se asumiera como moderador de la filosofía occidental y propusiera ese tópico de reflexión. En ese lapso, dos guerras mundiales -pero sobre todo una guerra civil- se entremetieron en la discusión ortegueana. Ortega se mantuvo fiel a su imperativo y dedicó su labor intelectual a proponer y elaborar una filosofía de la razón vital. Mientras esto hacía, en el mundo germano se gestaba una reflexión paralela centrada en el problema del lenguaje y de la interpretación: la filosofía hermenéutica de Hans-Georg Gadamer.

Gadamer fue discípulo de Martín Heidegger y se asume como su continuador (si bien no su repetidor). Por cuestión de temperamento, Gadamer se resistió a plegarse a la filosofía de la ciencia y se ocupó de plantear filosóficamente problemas relacionados con las disciplinas humanísticas, cercanas a su sensibilidad, como los de la interpretación de textos.

Su posición puede conocerse en lengua española en una obra asequible en dos tomos: Verdad y método (Salamanca, Ediciones Sígueme, 1994). En el primer tomo se exponen los fundamentos de una hermenéutica filosófica que sintetiza la ontología de Heidegger y otros filósofos con la tradición hermenéutica. En el segundo, se compilan distintos escritos suyos relacionados con la problemática del lenguaje y sus manifestaciones, escritos que son coherentes con los fundamentos de la obra principal.

En seguida reseñaré algunas de las tesis que presenta Gadamer en “Texto e interpretación”, un artículo de 1984 compilado en el segundo tomo (pp. 319-47), tesis que buscan explicar cómo se fundamenta la interpretación textual en la ontología. El artículo se escribió en el marco de un diálogo con la filosofía francesa posterior a Sartre. Presento las tesis porque permiten sostener una postura media entre el objetivismo y el relativismo en la interpretación textual. Aclaro al lector que mi papel es el de glosador, por lo que si desea incorporar estos argumentos en su reflexión debe dirigirse al artículo mencionado.

En su artículo, Gadamer señala que la comprensión de un texto, cuando es problemática, requiere de un medio de interpretación, de una hermenéutica. La hermenéutica tuvo su origen en la resolución de los problemas prácticos de la jurisprudencia y la teología, pues se requería de una tarea de interpretación cuando la letra de los textos legales o revelados no exponía su sentido semántico o pragmático de modo indubitable.

En su evolución posterior, la hermenéutica –como es natural en occidente- adquirió pretensiones científicas, mismas que, sin embargo, se sustentaron en muchos casos en supuestos que mostraron ser cuestionables a la luz de la reflexión filosófica, como la creencia de que el hermeneuta podría hacerse de la interpretación adecuada mediante la aplicación de técnicas basadas en el análisis gramatical o filológico. Se ignoraba así que toda interpretación es circular, es decir, que el intérprete es producto de determinadas condiciones que están previamente dadas y que determinan su interpretación tanto como la técnica de análisis que se emplee.

Ante esta pretensión, Gadamer recuerda que el romanticismo, con su ideal de fusión con el pasado y el espíritu de otras épocas, alentó igualmente el ejercicio hermenéutico, pero lo hizo de modo lúcido: entendió que la comprensión y la interpretación no se circunscriben sólo a los textos, sino que caracterizan la relación de los hombres entre sí y con el mundo.

De mejor manera que el romanticismo, dice Gadamer, la filosofía de Heidegger mostró que la comprensión es una categoría existencial del ser humano, un modo inherente de ser en el mundo que, como una de sus formas, trasciende y contiene el ámbito de la comprensión de los textos. Hacerse de esta enseñanza, constituyó para Gadamer –según lo afirma él mismo- “una verdadera salvación” del ejercicio ingenuo de la hermenéutica.

Gadamer asumió la filosofía de Heidegger y la vinculó con la tradición hermenéutica para desarrollar su hermenéutica filosófica. Particularmente, hay un señalamiento de Heidegger cuyas implicaciones Gadamer desarrolla especialmente y hasta sus últimas consecuencias: el carácter lingüístico de la aprehensión del sentido del ser, la lingüisticidad.

La lingüisticidad significa para Gadamer el carácter inherentemente lingüístico de la comprensión, significa que la comprensión plena del sentido del ser siempre es en el lenguaje (y en una lengua). Gadamer, sin embargo, encontró en la filosofía francesa de los ochenta, particularmente en Derrida, una objeción a esto. Según Derrida, Heidegger tropezó con la misma piedra que los metafísicos griegos, pues su comprensión del ser, entendida como una búsqueda del sentido del ser, habría supuesto que el sentido ya estaba dado y que sólo se trataba de “descubrirlo”, con lo que esta filosofía, habría quedado prisionera –igual que las anteriores- en “el logocentrismo de la metafísica” (p. 322).

Gadamer difiere de esta objeción, pues ésta pasa de largo ante una condición inherente del lenguaje: su naturaleza comunicativa, sudialogicidad. En efecto, toda lingüisticidad es dialógica, pues ninguna expresión de sentido es autista, antes implica necesariamente un interlocutor. El hombre dialoga y se obliga a encontrarse con la comprensión del otro, que puede ser distinta a la suya, que puede incluso contradecirlo. Eso le exige al hombre atender al ser que se retrae y se oculta más allá de lo que sus textos dicen. La lingüisticidad es, entonces, una posibilidad real de apertura al ser, más que una fosilización de su sentido. Así lo expresa Gadamer:

Lo que se manifiesta en el lenguaje no es la mera fijación de un sentido pretendido, sino un intento en constante cambio, o más exactamente, una tentación reiterada de sumergirse en algo con alguien. (p.324).

Ahora bien, se pregunta Gadamer, ¿qué relación guarda el texto con lo anteriormente dicho? Y se responde que el texto es el nudo de un problema que requiere mucho esclarecimiento y que es la relación entre el pensar y el hablar. El pensar, la comprensión del ser, se expresa en el habla, que produce texto.

Si queremos encontrar en el diálogo con ese otro, con ese alguien, una comprensión del ser, debemos entender el texto que ha producido. Y para encontrar esta comprensión, cuando no es clara, se precisa hacer una interpretación, se requiere de la hermenéutica.

Pero a la luz de la temática expuesta se verá que la hermenéutica no puede trabajar de manera eminentemente gramatical. El análisis gramatical sólo se precisará cuando no se logra la dialogicidad. Mientras ésta se dé, el lenguaje, la lengua, será una condición necesaria para la comprensión, pero una condición imperceptible: “Para la óptica hermenéutica la comprensión de lo que dice el texto es lo único interesante, el funcionamiento del lenguaje es una simple condición previa”. Sólo se repara en las palabras, dice Gadamer, en dos casos: cuando su expresión se considera una mera fijación de lo dicho, sin buscar encontrar al interlocutor, y cuando su fin es literario.[1]

Esto no excluye la revisión gramatical o filológica del texto interpretado, pero cuando la hermenéutica se ocupe de interpretar el texto, no empezará por la descripción gramatical, sino por un planteamiento dialógico: se tratará de determinar “lo que el hablante hubiera querido decir si yo hubiera sido su interlocutor originario” (p.333).

Para estar seguro de que lo entiendo, debo dialogar con el autor en su texto. Debo instaurar ese diálogo como lo haría en la presencia de un interlocutor en una charla, con afirmaciones y réplicas. Si no estoy en posición de replicar al autor, de llegar a un acuerdo comunicativo con él, no estoy comprendiendo el sentido de su texto.

La dialogicidad se convierte en el criterio de la interpretación y con ello se consigue mostrar que ésta no es una práctica relativa absoluta. La otredad del autor, su resistencia a decir lo que yo quiero que diga, como pasa en toda conversación, pone límites al sentido que puedo comprender en su texto. El texto adquiere así un principio de realidad: está ante mí diciendo lo que dice, aunque me contradiga. Con eso queda salvado el relativismo interpretativo.

Pero al mismo tiempo no tengo por qué imitar la comprensión que el texto expresa. Mi propia comprensión del sentido -que nace en mi horizonte, distinto al del texto aunque se funda con él- me otorga un espacio de libertad en la interpretación al que no puedo renunciar ni siquiera deseándolo.

Sin precipitarnos en el relativismo, el diálogo, a fin de cuentas, nos hace libres.


[1] Gadamer dedica un amplio espacio al texto literario en su carácter de “antitexto”, es decir, de texto en que las palabras se hacen visibles sin demérito de la interpretación. Por razón de espacio no glosamos esa parte, pero la recomendamos al lector interesado.


Lectura Dialógica: interacción es que mejoran y aceleran la lectura

Rosa Valls, Marta Soler, Ramón Flecha *

SÍNTESIS: En este trabajo se aborda el estudio de la lectura dialógica enmarcada en una más amplia concepción de aprendizaje que tiene sus fundamentos en las prácticas (comunidades de aprendizaje), teorías (Freire, Habermas, Searle) e investigaciones (includ-ed) más relevantes de la actual sociedad de la información, situando en este nuevo contexto las aportaciones dialógicas anteriores. Esto permite entenderla como una instancia coordinante de las actividades de aprendizaje que realizan todas las personas que interaccionan con los niños, especialmente quienes conviven con ellos en las aulas y en los domicilios, es decir, el profesorado y las familias. Aquí se intenta demostrar cómo los centros que han adoptado esta concepción de aprendizaje dialógico están consiguiendo mejorar y acelerar el aprendizaje de la lectura y la escritura de todos los educandos con más espacios y más personas que las tradicionales de la escuela heredada de la sociedad industrial. Asímismo, se constata cómo se promueve la lectura de los familiares en casa y también en el espacio escolar a través de las tertulias literarias dialógicas que consiguen que personas que nunca han leído un libro disfruten de obras de Safo, Joyce o Lorca. Resulta auspiciosa, además, la colaboración directa de familiares, de diversidad de profesionales y del voluntariado en el aprendizaje de la lectura y la escritura que realizan los estudiantes, no solo en el horario lectivo sino también fuera de clase.

Palabras clave: lectura dialógica; profesorado y familias; aprendizaje de la lectura; tertulias literarias.

1.      Introducción

Hay centros educativos que ya están superando el anclaje en las prácticas y concepciones elaboradas durante la sociedad industrial y han comenzado a situar su aprendizaje de la lectura en el contexto sociocultural de la sociedad de la información: en sus mejores prácticas, en sus teorías más importantes y en sus investigaciones más relevantes. Algunos de esos centros reciben el nombre de «comunidades de aprendizaje» y trabajan mancomunadamente en ambos lados del Atlántico (1).

Las principales investigaciones educativas de la comunidad científica internacional (2) y también las estadísticas institucionales dejan muy claro que el aprendizaje de los niños no depende solo de lo que ocurre en el aula, sino también de lo que ocurre en el domicilio (Snow y Tabors, 1993), en la calle y en otros ámbitos. Cada vez queda más claro que el aprendizaje depende de todas las interacciones y no solo de las que tienen lugar en el aula. La concepción de lectura dialógica reúne las teorías y prácticas que orientan la mejora de todas estas interacciones, las que tiene el alumnado con el profesorado, sus familiares, y otros agentes de su entorno.

Diversos autores se han referido a la naturaleza dialógica del lenguaje y de la condición humana (Bakhtin, 1981; Mead, 1990; Vygotsky, 1986) así como del diálogo como un requisito indispensable para la convivencia entre personas (Habermas, 1987; Freire, 1997). La pers­pectiva dialógica en el aprendizaje se puede definir a través de la in­ter­acción social entre personas, mediada por el lenguaje. A través del diálogo las personas intercambian ideas, aprenden conjuntamente y producen conocimiento, encontrando y creando nuevos significados que transforman el lenguaje y el contenido de sus vidas.

La lectura dialógica es el proceso intersubjetivo de leer y com­prender un texto sobre el que las personas profundizan en sus in­ter­pre­taciones, reflexionan críticamente sobre el mismo y el contexto, e intensifican su comprensión lectora a través de la interacción con otros agentes, abriendo así posibilidades de transformación como persona lectora y como persona en el mundo. De esta forma, la lectura dialógica implica desplazar el centro del acto de significado de una interacción subjetiva entre persona y texto a nivel individual hacia una interacción intersubje­tiva entre niños y/o personas adultas en relación con el texto.

2.      Fundamentos dialógicos del aprendizaje de la lectura

2.1    ¿Podemos hablar de «universales» en el aprendizaje?

Todas las personas tenemos capacidades para aprender y desarrollamos habilidades y conocimientos en diferentes contextos de actividad social y entornos culturalmente diversos (Scribner y Cole, 1981). En la teoría de la acción comunicativa Habermas (1987) parte del hecho de que todas las personas tenemos capacidad de lenguaje y acción, por lo que somos capaces de argumentar, expresar ideas, pensamientos, comunicarnos, llegar a entendimientos y realizar acciones a partir de esta comunicación. No importa si hablamos en códigos distintos, lo que importa son las pretensiones de validez del acto comunicativo y la intención de llegar al entendimiento con nuestros actos de habla (Searle, 2004).

Uno de los principales presupuestos de esta posibilidad de diálogo y aprendizaje es la universalidad del lenguaje. La gramática generativa supuso un giro en la concepción del lenguaje y del aprendizaje, convirtiendo a Chomsky en uno de los autores clave de la «revolución cognitiva» de la década de 1960. Esta aportación revolucionaba la psicolingüística por su carácter «internalista», pero también el mundo educativo y social por su concepción universalista del aprendizaje, unificador de todas las personas independientemente de su cultura, género, raza o nivel socioeconómico. Según Chomsky (1986) todas las personas nacemos con un órgano y una capacidad de lenguaje, al igual que nacemos con un órgano y capacidad para respirar. Esta «competencia» innata, que en sus trabajos posteriores el autor ha denominado el «yo-lenguaje» (Chomsky, 2000), da lugar a diferentes actuaciones en función del contexto. Los conceptos de competencia y actuación lingüística aportan una reflexión a los diferentes tipos de actuaciones que desarrollamos en interacción con personas y contextos diferentes.

2.2    El impacto de las interacciones

Partiendo de un a priori igualitario comprobamos que diferentes niños y personas adultas desarrollan aprendizajes diferentes en entornos diferentes; pero, ¿cuáles son los factores clave de estos aprendizajes? Para Vygotsky (1979) todas las funciones mentales superiores son relaciones sociales interiorizadas: el diálogo intersubjetivo se interioriza a través del lenguaje produciendo nuevas funciones intermen­tales, de forma que estos modos de conocimiento, semiotizados, no son independientes de las prácticas sociales en las que se desarrollan. ¿Quiere esto decir que están determinados por el contexto o que los andamiajes escolares deben adaptarse a los contextos sociales? Vygotsky ve en la educación una herramienta para la transformación de su sociedad, cree en el cambio de los procesos psicológicos a través de la transformación de las interacciones del contexto, no de su adaptación:

El aprendizaje orientado hacia niveles evolutivos que ya se han alcanzado resulta ineficaz desde el punto de vista del desarrollo total del pequeño. [...] El aprendizaje despierta una serie de procesos evolutivos internos capaces de operar solo cuando el niño está en interacción con personas de su entorno y en cooperación con algún semejante [más capaz] (pp. 137-139).

La zona de desarrollo próximo –o potencial de aprendizaje en colaboración con los demás– incluye las interacciones con todas las personas adultas y más capaces del entorno, además del profesorado y de los compañeros de aula. La perspectiva transformadora del psicólogo soviético, marcada por el contexto revolucionario de su época, ha sido a menudo poco resaltada.

Reflexionando sobre las aportaciones vygotskyanas, Wells (1981) indica que la actividad intersubjetiva se puede contemplar desde el punto de vista de cada una de las personas participantes como individuos que aprenden a través de su interacción, o desde el punto de vista de las prácticas sociales en las que estas personas participan, o sea, desde los elementos mediadores que se utilizan y su repercusión en el aprendizaje. En cualquier caso, el sentido de la interacción y la reciprocidad sigue estando presente.

Por un lado, se han estudiado interacciones profesor-alumno y cooperación entre iguales en situaciones de aprendizaje en el aula y, por otro, interacciones de personas adultas con hijos de edades preescolares en el hogar, en situaciones de comunicación verbal y de lectura compartida (Wells, 1981; Snow y Ninio, 1996; Teale y Sulzby, 1986). Sin embargo, recientemente se está demostrando la necesidad de unir estos espacios e incluir el estudio de las interacciones en múltiples situaciones de aprendizaje con «todas las personas del entorno» de los niños, incluyendo, además de profesores e iguales, a padres, madres, abuelos, hermanos mayores, ex-alumnos, vecinos del barrio, monitores y otras personas profesionales (Purcell-Gates 1995; Purcell-Gates y otros, 2001). Lo que un niño pueda llegar a leer, comprender e interpretar con otras personas del entorno define su zona de desarrollo próximo en el ámbito de la lectura. La lectura dialógica estudia la lectura desde este punto de vista, desde la necesidad de coordinar todos los espacios y momentos intersubjetivos con actividades de lectura y escritura.

2.3    Lectura, lenguaje y dialogicidad

La concepción de Bakhtin (1986) de «dialogicidad» es compleja, ya que tras Problemas de la poética de Dostoievski, su obra más importante, dedicó el resto de su vida a reflexionar sobre la dialogicidad y la «polifonía» (o múltiples voces) en la lectura de la novela y los textos literarios. En la perspectiva actual de la lectura dialógica recogemos importantes aportaciones de este trabajo. El término «dialogicidad» de Bakhtin se deriva del simple acto de diálogo, del intercambio lingüístico «dar-recibir» entre dos personas llevado a la lectura de un texto. Bakhtin parte de un problema fundamental de la filosofía del lenguaje: el lenguaje es, en sí mismo, ambiguo ya que las personas tenemos mundos objetivos, subjetivos y sociales diferentes (recordemos los juegos de lenguaje wittgenstenianos o las consecuencias «infelices» de los actos de habla discutidos por Austin (1962). Pero mientras que los defensores de la deconstrucción (Derrida, 1967) explican esta ambigüedad como inhabilidad de las palabras para representar significados precisos o como muestra de subjetividad en el lenguaje, Bakhtin afirma que esta ambi­güedad nos señala el medio a través del cual necesitamos crear significados dialógicamente con los demás.

Bakhtin concibe la vida humana como un proceso dialógico en el que encontramos significado solo a través de nuestras interacciones con los demás. Para el autor, en general, las relaciones dialógicas son un fenómeno más amplio que el mero intercambio de palabras, son un fenó­-meno universal presente en todas las manifestaciones y discursos de la vida humana que tengan significado. Bakhtin (1986) critica la filosofía racionalista de la modernidad tradicional por ser estrictamente monológica y considerar una única forma de percibir el desarrollo cognitivo y la verdad. Propone dar un paso adelante y unir la perspectiva utópica de la modernidad tradicional con el socialismo utópico y su fe en las convicciones. También critica el estructuralismo lingüístico de Saussure por su limitado análisis del lenguaje en cuanto que ignora su naturaleza dialógica.

Mead (1990) también analiza la relación entre lo individual y lo social, argumentando que una persona solo puede concebirse como miembro de una sociedad, es decir, que el pensamiento y el espíritu de una persona no son sino un proceso de desarrollo social mediado por el lenguaje. Este investigador defiende que las personas construyen la personalidad cuando perciben las imágenes que los demás tienen de ellas mismas, y de esta forma construyen una imagen de su propia capacidad de aprendizaje.

La interacción social en un entorno cultural y educativo tiene una influencia directa en la forma en que los niños, y las personas en general, viven el proceso de aprendizaje y el propio centro educativo. También para Bruner (1998, p. 70) «el proceso de interiorización depende de la interacción con los demás, de desarrollar categorías y transformaciones que correspondan a la acción comunitaria». Para él, el desarrollo cognitivo es un proceso de interiorización de la cultura, y la educación tiene la función de guiar y animar este desarrollo.

2.4    Diálogo y dimensión instrumental

Uno de los principios del aprendizaje dialógico (Aubert y otros, 2008) es la dimensión instrumental. En ocasiones se han opuesto diálogo y cooperación a aprendizajes técnicos o instrumentales, pero en la práctica, por el contrario, hemos comprobado que cuando en un centro o aula aumentan las interacciones entre iguales y personas del entorno en un clima de diálogo y ayuda mutua, se intensifica la dimensión instrumental. También hemos comprobado que si se hace un erróneo enfoque dialógico, que relativiza la importancia del aprendizaje instrumental, se aumentan las desigualdades, el fracaso escolar y la oposición al diálogo (Elboj y otros, 2002).

Diferentes modelos de lectura ven a la persona lectora como un actor individual intentando crear significado a partir de un texto escrito: los que se centran más en la decodificación de signos y estructuras que se refieren a unos significados objetivos; aquellos que profundizan en el proceso cognitivo de cada persona que se enfrenta al texto desde su experiencia subjetiva y conocimiento acumulado; y por último, los que se centran en la relación profesor-alumno y en cómo se va proporcionando el andamiaje necesario al niño o niña o persona adulta neolectora para que logre con éxito comprender un texto. Todas estas aproximaciones, aunque diferentes, tienen un punto en común: se basan en lo que Habermas (1987) conceptualiza como acción teleológica, es decir, en objetivos individuales y acciones estratégicas para entender unas palabras, buscar la idea principal en un texto, hacer un resumen, etc., sin explotar las posibilidades comunicativas de leer con un objetivo dialógico.

En la lectura dialógica la comprensión lectora contiene todas las dimensiones de la acción dialógica y no solo la teleológica, incluye tanto el proceso individual como el colectivo y compartido, por medio de las habilidades comunicativas que tienen las personas de dialogar sobre el texto. El aprendizaje se desarrolla a través de las continuas relaciones sociales de cada persona y su recreación de la historia. Así, las interacciones contribuyen al aprendizaje de la lectura y se supera aquella reduccionista referencia a los conceptos previos que Ausubel (1963) había teorizado en una de las concepciones de aprendizaje de la sociedad industrial, el aprendizaje significativo que terminó de elaborar en 1962.

En sus estudios sobre la indagación dialógica, Gordon Wells (2001) analiza cómo las interacciones entre pares y con el profesor intensifican el aprendizaje instrumental. Los diálogos entre los niños y  los adultos que entran en el aula como facilitadores de estas interacciones en pequeños grupos, hacen que, al modo freireano de «pedagogía de la pregunta», los estudiantes razonen sus argumentos y sus respuestas, aumentando la conciencia de los propios aprendizajes y, por tanto, la metacognición. Wells no analiza los conceptos previos de estos alumnos sino los procesos de comunicación, mediados por el lenguaje, en el contexto del aula. El autor se centra sobre todo en el diálogo con profesores y niños más capaces, y comenta que el proceso de indagación dialógica se multiplicaría en coordinación con más personas adultas de la comunidad educativa, o sea, como apunta Vygotsky, más personas del entorno social de los niños.

Desde una perspectiva muy parecida, Isabel Beck (1997) y Victoria Purcell-Gates (1995; Purcell-Gates y Waterman, 2000), han empezado a introducir estas ideas dialógicas en el campo de la lectura y la escritura. Por ejemplo, Beck propone una metodología llamada Questioning the Author en la que se establece un proceso colectivo de interpretación de los textos y discusión en actividades de aula, con el objetivo de ayudar al alumnado a encontrar sentido y aumentar la comprensión. Para Beck, igual que para Wells, la riqueza no está en los conceptos previos de cada niño individualmente, sino en el proceso comunicativo y el conocimiento que se genera en el grupo a través de esta comunicación. Asimismo, Purcell-Gates (1995) recoge cómo el aprendizaje en interacción con otras personas crea un buen ambiente afectivo y de empatía, un mejor clima para aprender, y cómo para conseguir este clima es importante el cambio de roles tradicionalmente establecidos en la escuela.

Bruner (1997) habla de «subcomunidad de aprendizajesmutuos» cuando en los centros educativos los alumnos se ayudan mutuamente a aprender, rompiendo la jerarquía existente entre profesorado y alumnado. Por otro lado, esta interacción tiene implicaciones en la construcción del significado de un cierto acontecimiento. A esto se refiere Bruner al hablar de «negociación interpersonal», que hace referencia al acuerdo que se busca entre las personas para construir este significado.

3.      Más espacios de lectura con más personas

3.1    Lectura y creación de sentido en la familia y la comunidad: Tertulias Literarias Dialógicas

La experiencia de las tertulias literarias dialógicas de literatura universal empieza en la educación de personas adultas, en procesos de posalfabetización, concretamente en la escuela de La Verneda-Sant Martí de Barcelona, como una experiencia cultural y educativa no formal. Con el paso del tiempo se ha formalizado y expandido entre los alumnos de las escuelas primarias y secundarias, y también entre sus familiares.

El resultado es que las personas que se acaban de alfabetizar leen y disfrutan las obras clásicas de la literatura universal, consolidando cada vez más su nivel de lectura y escritura, adquiriendo un mayor vocabulario y aumentando constantemente sus competencias básicas (Flecha, 1997). Las tertulias literarias dialógicas parten de dos criterios fundamentales: se leen clásicos de la literatura universal y se prioriza la participación de personas sin titulaciones universitarias, como las que se acaban de alfabetizar o con formación académica básica. Estos dos criterios rompen con el estereotipo que la literatura clásica universal no puede ser leída y entendida por personas en procesos de posalfabetización. Superando las bajas expectativas, estas personas aprenden y disfrutan de la literatura clásica universal cuando leen a Tolstoy, Joyce, Hugo, Cervantes, Lorca o Shakespeare.

Las personas leen en casa las páginas acordadas, señalan el párrafo o párrafos que más les han gustado o que quieran resaltar por algún motivo. Una vez en la tertulia, respetando el turno de palabra las personas leen su párrafo y explican por qué lo han elegido e inmediatamente se abre un turno de palabras para que los demás participantes expresen su opinión. A través del diálogo igualitario se establece que todas las opiniones serán respetadas por igual. La finalidad no es que una opinión se imponga o se considere como válida por encima de las otras, sino que todas las personas se sientan capaces de aprender y de aportar conocimientos, convirtiéndose en creadoras de cultura. La importancia está en los argumentos que se aportan y no en la posición de poder de quien los formula, así como en la intención de llegar a un entendimiento. Fruto del diálogo igualitario y del debate, aumenta la motivación y curiosidad por aprender los contenidos académicos, potenciando que se investigue sobre todo aquello que se desea aprender –lo que con frecuencia lleva a iniciarse en la informática– y, una vez investigado, compartirlo colectivizando el conocimiento y, por lo tanto, multiplicándolo. Es una aplicación de la propuesta de Wells (2001) al defender un aprendizaje basado en el diálogo, para aprender a través de la indagación dialógicade forma que el conocimiento se construya entre todo el alumnado en actividades conjuntas y a través de interacciones dialógicas.

Las obras que se leen, al ser clásicos de la literatura universal, hacen que los temas que surgen en el debate se puedan relacionar con temas actuales, potenciando una reflexión crítica sobre aspectos centrales de nuestras sociedades. Las tertulias literarias dialógicas entroncan con la sugerencia de Freire al afirmar que la lectura no se abre solo al texto y a las personas participantes.

Leer no consiste solamente en descodificar la palabra o el lenguaje escrito; antes bien es un acto precedido por (y entrelazado con) el conocimiento de la realidad. El lenguaje y la realidad están interconectados dinámicamente. La comprensión que se alcanza a través de la lectura crítica de un texto implica percibir la relación que existe entre el texto y el contexto (Freire, 1989, p. 51).

A esto hay que añadir el proceso de transformación de los participantes. El diálogo igualitario, el ambiente solidario y las reflexiones que de ello se derivan hacen que personas que nunca antes se hubieran atrevido a hablar en público o a expresar su opinión entren en un debate sobre los temas que se discuten. Los participantes de las tertulias literarias –muchas de ellas mujeres– cambian su autoconcepto adquiriendo mayor autoestima y seguridad y modificando así las relaciones que tienen en su entorno. Este aumento del aprendizaje contribuye a una posalfabetización de éxito al superar las barreras que las habían mantenido al margen de la educación y la participación social. Así, la transformación que se genera no es solo individual sino también social y de su entorno al ser, generalmente, personas que se implican en sus centros, barrios y comunidades.

En la actualidad se desarrolla un movimiento internacional de tertulias literarias dialógicas y la experiencia, que se está extendiendo a muchos países, está siendo reconocida por los resultados que genera tanto por la comunidad científica internacional como por intelectuales de gran prestigio.

3.2    Más personas adultas en el aula: grupos interactivos

La lectura dialógica implica el aumento de las interacciones en contextos educativos: más personas adultas y más espacios. Entre los adultos que ayudan al docente dentro del aula encontramos profesionales de otras disciplinas (de la educación social, el trabajo social…), familiares, voluntariado. A partir de la participación de otros agentes educativos, de padres, madres, abuelos, hermanas mayores, vecinas, etc., los niños se dan cuenta de que aprenden más y de que son capaces. Inmersos en esta dinámica, intensifican la dimensión instrumental y, o bien preguntan si pueden permanecer en el aula para concluir el trabajo, u optan por ir a la biblioteca a hacer deberes en vez de jugar... ¿Por qué? Porque la mejor motivación para aprender es aprender.

Todo ello contribuye a la aceleración de su aprendizaje de la lectura y posterior desarrollo como personas lectoras. Si se abren las aulas a familiares el intercambio se vuelve más enriquecedor para el aprendizaje. La participación de los padres es, sin duda, un elemento de calidad. Las interacciones que se dan en los grupos interactivos se producen sin que exista una jerarquía entre quien transmite el conocimiento y quien lo recibe. En este sentido, se da un diálogo igualitario en el que el alumnado puede expresar libremente su opinión y se debate teniendo en cuenta cuál es el mejor argumento y no quién lo emite.

Leer implica compartir espacios, construir pensamientos y aumentar los aprendizajes y motivaciones educativas, y esto no es un proceso individual sino colectivo (Soler, 2003, p. 47).

Si leer es un proceso dialógico, hacerlo de manera colectiva amplía los espacios de diálogo.

Uno de los ámbitos fundamentales del aprendizaje es el aula y es en ella donde hay que organizar espacios que fomenten las interacciones para el aprendizaje de la lectoescritura. Una posibilidad son los grupos interactivos, una forma organizativa del aula pensada para fomentar las in­ter­acciones entre iguales y con adultos de la comunidad, con el fin de aumentar el aprendizaje instrumental y la solidaridad. Muchas comunidades de aprendizaje, por ejemplo, trabajan el área de lengua organizando las aulas por grupos interactivos (Aubert y otros, 2008).

En las clases interactivas el aula se divide en varios grupos, heterogéneos tanto en el nivel de aprendizaje, como de género, cultura u origen social. Cada grupo cuenta con la tutoría de un adulto que se encarga de establecer interacciones y ayudar a cada educando. Este adulto puede ser otro maestro, una madre o un padre, otros estudiantes mayores del instituto, una persona jubilada de la comunidad, estudiantes universitarios, amas de casa... El docente responsable del aula dinamiza el trabajo de cada grupo y de cada tutor. El tiempo de la clase se distribuye en cuatro partes para que todos los grupos realicen cuatro actividades diferentes en el tiempo de una hora u hora y media. Cada veinte minutos aproximadamente el grupo cambia de mesa, de actividad y de tutor.

En la clase de lengua organizada por grupos interactivos un grupo puede realizar una actividad de lectura, otro una de escritura, otro una actividad de lenguaje oral y otro, por ejemplo, una de carácter más manipulativa. Los grupos interactivos son una forma muy potente para acelerar el aprendizaje de la lectoescritura. En la perspectiva tradicional el alumno solamente interactúa con el texto, mientras que desde la concepción dialógica las interacciones en el proceso lector se realizan con todos los miembros del grupo, iguales y personas adultas que se relacionan con ese texto. A mayores y más diversas interacciones, mayor es el aprendizaje de la lectura.

La entrada en el aula de adultos no profesionales de la educación tiene beneficios en el aprendizaje de la lectura. Las personas mayores con las que interactúa el niño en espacios comunitarios y en el hogar son un recurso cognitivo para el aprendizaje (Moll, 1992). Poseen una experiencia y un conocimiento y realizan prácticas de alfabetización con el alumnado diferentes a las escolares. Incorporar a estas personas en las aulas supone incorporar también nuevas estrategias de enseñanza y aprendizaje de la lectura, beneficiosas para los niños procedentes de entornos no académicos. Además, las estrategias de alfabetización utilizadas por personas de otras culturas son un factor importante para el aprendizaje del idioma por parte de niños inmigrantes con lenguas diferentes a aquella en la que se está produciendo la alfabetización.

Uno de los aspectos a destacar desde el punto de vista del aumento del aprendizaje instrumental es la potencialidad de la ayuda entre compañeros con diferente desarrollo de habilidades lectoras. Cuando un alumno más experto en una actividad de lectura explica a su compañero el significado de una palabra, de una frase o el contenido de una lectura está desarrollando aún más las habilidades lingüísticas con las que ya cuenta y está activando un proceso de metacognición que favorece su desarrollo cognitivo y la empatía, la comunicación, la es­cucha, el diálogo, la solidaridad.

En estas situaciones de aprendizaje quienes aprenden son los dos alumnos, porque no existe un muro entre quien explica y enseña y quien escucha y aprende. Los niños que son ayudados saben que lo que hacen es posible gracias a la colaboración que reciben de sus compañeros y de las personas adultas que participan en el grupo interactivo. Estos otros, más expertos en lectura, les facilitan el establecer puentes entre «lo conocido» y «lo nuevo» (Rogoff, 1993), acercándoles el nuevo lenguaje, las nuevas palabras, los nuevos grafismos y fonemas a lo que ya conocen para, una vez que compartan significado, recorrer juntos la zona en la que aprenden en colaboración.

3.3    Más espacios de lectura con más personas

Si el aprendizaje depende fundamentalmente de las inter­acciones, es necesario potenciar los espacios existentes, más allá del aula, que pueden servir para aumentar las relaciones entre el alumnado y otras personas adultas para el aprendizaje de la lectura. La lectura dialógica, basada en esta nueva concepción del aprendizaje, ya amplía la mirada:

La lectura dialógica no se reduce al espacio del aula sino que abarca más espacios: incluye la variedad de prácticas de lectura que pueden realizarse en la biblioteca, en actividades extraesco­lares, en el hogar, en centros culturales, y otros espacios comunitarios (Soler, 2003, p. 49).

En toda esta gama de posibilidades cabe prestar una especial atención al aprovechamiento de espacios con los que cuentan todos los centros educativos. Es el caso de las bibliotecas tutorizadas y el aula de informática tutorizada, que pueden convertirse en espacios de aprendizaje de la lectura y la escritura basados en interacciones con la participación de familiares y voluntariado.

Muchas bibliotecas de centros educativos permanecen cerradas al acabar el horario escolar, limitando su uso a algunas horas semanales, el cual suele estar asociado al área de lengua y consiste, a menudo, en la elección de un libro y su lectura. Se trata de flexibilizar y dinamizar la biblioteca. Para ello hay que extender su horario de apertura y abrir sus puertas a la comunidad para que los niños disfruten de sus posibilidades con sus pares, familiares, voluntariado y otras personas del entorno. Las bibliotecas tutorizadas ya son una realidad en muchos centros educativos en los que están participando personas adultas de la comunidad que leen y comentan los libros junto con los niños, les ayudan a buscar información en obras de referencia o en el ordenador para hacer trabajos, escriben resúmenes y críticas de lo que han leído, preparan representaciones de los libros y cuentos que leen e incluso, en la misma biblioteca, se crea un espacio para representaciones teatrales.

El aula de informática es otro de los espacios que, abriéndose a la comunidad y ampliando su horario, puede reorganizarse para con­ver­tirse en un lugar más del centro en el que desarrollar actividades de enseñanza y aprendizaje de la lectura, aprovechando las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. El aula de informática se transforma en lo que se denomina «aula digital tutorizada», donde en grupos heterogéneos de alumnos y familiares, monitores y monitoras y personas voluntarias, se utilizan los programas del ordenador para mejorar la lectura y la escritura.

La diferencia con otras actividades es que en la realización de una actividad de lectura dialógica delante del ordenador las personas participantes, alumnos de diferentes edades y niveles, dialogan entre ellos y con la persona adulta voluntaria para resolver conjuntamente la actividad. El aprendizaje de la lectura se acelera a través de la comunicación. En un aula digital tutorizada pueden encontrarse frente a un ordenador unas sillas ocupadas por una niña, su abuelo y una persona voluntaria que dialogan y dan su opinión acerca de cómo resolver la actividad. En las aulas digitales se potencia este tipo de aprendizaje intergeneracional aprovechando la apertura del centro a personas adultas de diferentes edades.

La biblioteca tutorizada y las aulas digitales tutorizadas no suponen solo su apertura a la comunidad sino la organización de estos espacios de manera que se acrecienten las interacciones entre los alumnos para incrementar el aprendizaje instrumental. Lo que pueden hacer los estudiantes cuando trabajan solos en la biblioteca o con un ordenador es menos que lo que llegan a lograr con ayuda de personas «más capaces». En el caso de las aulas digitales tutorizadas, cabe destacar el desarrollo de habilidades de lectura relativas a la lectura de textos en la red que los niños van incorporando al conjunto de estrategias de comprensión lectora.


Lectura Dialógica: interacción es que mejoran y aceleran la lectura

Rosa Valls, Marta Soler, Ramón Flecha *

SÍNTESIS: En este trabajo se aborda el estudio de la lectura dialógica enmarcada en una más amplia concepción de aprendizaje que tiene sus fundamentos en las prácticas (comunidades de aprendizaje), teorías (Freire, Habermas, Searle) e investigaciones (includ-ed) más relevantes de la actual sociedad de la información, situando en este nuevo contexto las aportaciones dialógicas anteriores. Esto permite entenderla como una instancia coordinante de las actividades de aprendizaje que realizan todas las personas que interaccionan con los niños, especialmente quienes conviven con ellos en las aulas y en los domicilios, es decir, el profesorado y las familias. Aquí se intenta demostrar cómo los centros que han adoptado esta concepción de aprendizaje dialógico están consiguiendo mejorar y acelerar el aprendizaje de la lectura y la escritura de todos los educandos con más espacios y más personas que las tradicionales de la escuela heredada de la sociedad industrial. Asímismo, se constata cómo se promueve la lectura de los familiares en casa y también en el espacio escolar a través de las tertulias literarias dialógicas que consiguen que personas que nunca han leído un libro disfruten de obras de Safo, Joyce o Lorca. Resulta auspiciosa, además, la colaboración directa de familiares, de diversidad de profesionales y del voluntariado en el aprendizaje de la lectura y la escritura que realizan los estudiantes, no solo en el horario lectivo sino también fuera de clase.

Palabras clave: lectura dialógica; profesorado y familias; aprendizaje de la lectura; tertulias literarias.

1.      Introducción

Hay centros educativos que ya están superando el anclaje en las prácticas y concepciones elaboradas durante la sociedad industrial y han comenzado a situar su aprendizaje de la lectura en el contexto sociocultural de la sociedad de la información: en sus mejores prácticas, en sus teorías más importantes y en sus investigaciones más relevantes. Algunos de esos centros reciben el nombre de «comunidades de aprendizaje» y trabajan mancomunadamente en ambos lados del Atlántico (1).

Las principales investigaciones educativas de la comunidad científica internacional (2) y también las estadísticas institucionales dejan muy claro que el aprendizaje de los niños no depende solo de lo que ocurre en el aula, sino también de lo que ocurre en el domicilio (Snow y Tabors, 1993), en la calle y en otros ámbitos. Cada vez queda más claro que el aprendizaje depende de todas las interacciones y no solo de las que tienen lugar en el aula. La concepción de lectura dialógica reúne las teorías y prácticas que orientan la mejora de todas estas interacciones, las que tiene el alumnado con el profesorado, sus familiares, y otros agentes de su entorno.

Diversos autores se han referido a la naturaleza dialógica del lenguaje y de la condición humana (Bakhtin, 1981; Mead, 1990; Vygotsky, 1986) así como del diálogo como un requisito indispensable para la convivencia entre personas (Habermas, 1987; Freire, 1997). La pers­pectiva dialógica en el aprendizaje se puede definir a través de la in­ter­acción social entre personas, mediada por el lenguaje. A través del diálogo las personas intercambian ideas, aprenden conjuntamente y producen conocimiento, encontrando y creando nuevos significados que transforman el lenguaje y el contenido de sus vidas.

La lectura dialógica es el proceso intersubjetivo de leer y com­prender un texto sobre el que las personas profundizan en sus in­ter­pre­taciones, reflexionan críticamente sobre el mismo y el contexto, e intensifican su comprensión lectora a través de la interacción con otros agentes, abriendo así posibilidades de transformación como persona lectora y como persona en el mundo. De esta forma, la lectura dialógica implica desplazar el centro del acto de significado de una interacción subjetiva entre persona y texto a nivel individual hacia una interacción intersubje­tiva entre niños y/o personas adultas en relación con el texto.

2.      Fundamentos dialógicos del aprendizaje de la lectura

2.1    ¿Podemos hablar de «universales» en el aprendizaje?

Todas las personas tenemos capacidades para aprender y desarrollamos habilidades y conocimientos en diferentes contextos de actividad social y entornos culturalmente diversos (Scribner y Cole, 1981). En la teoría de la acción comunicativa Habermas (1987) parte del hecho de que todas las personas tenemos capacidad de lenguaje y acción, por lo que somos capaces de argumentar, expresar ideas, pensamientos, comunicarnos, llegar a entendimientos y realizar acciones a partir de esta comunicación. No importa si hablamos en códigos distintos, lo que importa son las pretensiones de validez del acto comunicativo y la intención de llegar al entendimiento con nuestros actos de habla (Searle, 2004).

Uno de los principales presupuestos de esta posibilidad de diálogo y aprendizaje es la universalidad del lenguaje. La gramática generativa supuso un giro en la concepción del lenguaje y del aprendizaje, convirtiendo a Chomsky en uno de los autores clave de la «revolución cognitiva» de la década de 1960. Esta aportación revolucionaba la psicolingüística por su carácter «internalista», pero también el mundo educativo y social por su concepción universalista del aprendizaje, unificador de todas las personas independientemente de su cultura, género, raza o nivel socioeconómico. Según Chomsky (1986) todas las personas nacemos con un órgano y una capacidad de lenguaje, al igual que nacemos con un órgano y capacidad para respirar. Esta «competencia» innata, que en sus trabajos posteriores el autor ha denominado el «yo-lenguaje» (Chomsky, 2000), da lugar a diferentes actuaciones en función del contexto. Los conceptos de competencia y actuación lingüística aportan una reflexión a los diferentes tipos de actuaciones que desarrollamos en interacción con personas y contextos diferentes.

2.2    El impacto de las interacciones

Partiendo de un a priori igualitario comprobamos que diferentes niños y personas adultas desarrollan aprendizajes diferentes en entornos diferentes; pero, ¿cuáles son los factores clave de estos aprendizajes? Para Vygotsky (1979) todas las funciones mentales superiores son relaciones sociales interiorizadas: el diálogo intersubjetivo se interioriza a través del lenguaje produciendo nuevas funciones intermen­tales, de forma que estos modos de conocimiento, semiotizados, no son independientes de las prácticas sociales en las que se desarrollan. ¿Quiere esto decir que están determinados por el contexto o que los andamiajes escolares deben adaptarse a los contextos sociales? Vygotsky ve en la educación una herramienta para la transformación de su sociedad, cree en el cambio de los procesos psicológicos a través de la transformación de las interacciones del contexto, no de su adaptación:

El aprendizaje orientado hacia niveles evolutivos que ya se han alcanzado resulta ineficaz desde el punto de vista del desarrollo total del pequeño. [...] El aprendizaje despierta una serie de procesos evolutivos internos capaces de operar solo cuando el niño está en interacción con personas de su entorno y en cooperación con algún semejante [más capaz] (pp. 137-139).

La zona de desarrollo próximo –o potencial de aprendizaje en colaboración con los demás– incluye las interacciones con todas las personas adultas y más capaces del entorno, además del profesorado y de los compañeros de aula. La perspectiva transformadora del psicólogo soviético, marcada por el contexto revolucionario de su época, ha sido a menudo poco resaltada.

Reflexionando sobre las aportaciones vygotskyanas, Wells (1981) indica que la actividad intersubjetiva se puede contemplar desde el punto de vista de cada una de las personas participantes como individuos que aprenden a través de su interacción, o desde el punto de vista de las prácticas sociales en las que estas personas participan, o sea, desde los elementos mediadores que se utilizan y su repercusión en el aprendizaje. En cualquier caso, el sentido de la interacción y la reciprocidad sigue estando presente.

Por un lado, se han estudiado interacciones profesor-alumno y cooperación entre iguales en situaciones de aprendizaje en el aula y, por otro, interacciones de personas adultas con hijos de edades preescolares en el hogar, en situaciones de comunicación verbal y de lectura compartida (Wells, 1981; Snow y Ninio, 1996; Teale y Sulzby, 1986). Sin embargo, recientemente se está demostrando la necesidad de unir estos espacios e incluir el estudio de las interacciones en múltiples situaciones de aprendizaje con «todas las personas del entorno» de los niños, incluyendo, además de profesores e iguales, a padres, madres, abuelos, hermanos mayores, ex-alumnos, vecinos del barrio, monitores y otras personas profesionales (Purcell-Gates 1995; Purcell-Gates y otros, 2001). Lo que un niño pueda llegar a leer, comprender e interpretar con otras personas del entorno define su zona de desarrollo próximo en el ámbito de la lectura. La lectura dialógica estudia la lectura desde este punto de vista, desde la necesidad de coordinar todos los espacios y momentos intersubjetivos con actividades de lectura y escritura.

2.3    Lectura, lenguaje y dialogicidad

La concepción de Bakhtin (1986) de «dialogicidad» es compleja, ya que tras Problemas de la poética de Dostoievski, su obra más importante, dedicó el resto de su vida a reflexionar sobre la dialogicidad y la «polifonía» (o múltiples voces) en la lectura de la novela y los textos literarios. En la perspectiva actual de la lectura dialógica recogemos importantes aportaciones de este trabajo. El término «dialogicidad» de Bakhtin se deriva del simple acto de diálogo, del intercambio lingüístico «dar-recibir» entre dos personas llevado a la lectura de un texto. Bakhtin parte de un problema fundamental de la filosofía del lenguaje: el lenguaje es, en sí mismo, ambiguo ya que las personas tenemos mundos objetivos, subjetivos y sociales diferentes (recordemos los juegos de lenguaje wittgenstenianos o las consecuencias «infelices» de los actos de habla discutidos por Austin (1962). Pero mientras que los defensores de la deconstrucción (Derrida, 1967) explican esta ambigüedad como inhabilidad de las palabras para representar significados precisos o como muestra de subjetividad en el lenguaje, Bakhtin afirma que esta ambi­güedad nos señala el medio a través del cual necesitamos crear significados dialógicamente con los demás.

Bakhtin concibe la vida humana como un proceso dialógico en el que encontramos significado solo a través de nuestras interacciones con los demás. Para el autor, en general, las relaciones dialógicas son un fenómeno más amplio que el mero intercambio de palabras, son un fenó­-meno universal presente en todas las manifestaciones y discursos de la vida humana que tengan significado. Bakhtin (1986) critica la filosofía racionalista de la modernidad tradicional por ser estrictamente monológica y considerar una única forma de percibir el desarrollo cognitivo y la verdad. Propone dar un paso adelante y unir la perspectiva utópica de la modernidad tradicional con el socialismo utópico y su fe en las convicciones. También critica el estructuralismo lingüístico de Saussure por su limitado análisis del lenguaje en cuanto que ignora su naturaleza dialógica.

Mead (1990) también analiza la relación entre lo individual y lo social, argumentando que una persona solo puede concebirse como miembro de una sociedad, es decir, que el pensamiento y el espíritu de una persona no son sino un proceso de desarrollo social mediado por el lenguaje. Este investigador defiende que las personas construyen la personalidad cuando perciben las imágenes que los demás tienen de ellas mismas, y de esta forma construyen una imagen de su propia capacidad de aprendizaje.

La interacción social en un entorno cultural y educativo tiene una influencia directa en la forma en que los niños, y las personas en general, viven el proceso de aprendizaje y el propio centro educativo. También para Bruner (1998, p. 70) «el proceso de interiorización depende de la interacción con los demás, de desarrollar categorías y transformaciones que correspondan a la acción comunitaria». Para él, el desarrollo cognitivo es un proceso de interiorización de la cultura, y la educación tiene la función de guiar y animar este desarrollo.

2.4    Diálogo y dimensión instrumental

Uno de los principios del aprendizaje dialógico (Aubert y otros, 2008) es la dimensión instrumental. En ocasiones se han opuesto diálogo y cooperación a aprendizajes técnicos o instrumentales, pero en la práctica, por el contrario, hemos comprobado que cuando en un centro o aula aumentan las interacciones entre iguales y personas del entorno en un clima de diálogo y ayuda mutua, se intensifica la dimensión instrumental. También hemos comprobado que si se hace un erróneo enfoque dialógico, que relativiza la importancia del aprendizaje instrumental, se aumentan las desigualdades, el fracaso escolar y la oposición al diálogo (Elboj y otros, 2002).

Diferentes modelos de lectura ven a la persona lectora como un actor individual intentando crear significado a partir de un texto escrito: los que se centran más en la decodificación de signos y estructuras que se refieren a unos significados objetivos; aquellos que profundizan en el proceso cognitivo de cada persona que se enfrenta al texto desde su experiencia subjetiva y conocimiento acumulado; y por último, los que se centran en la relación profesor-alumno y en cómo se va proporcionando el andamiaje necesario al niño o niña o persona adulta neolectora para que logre con éxito comprender un texto. Todas estas aproximaciones, aunque diferentes, tienen un punto en común: se basan en lo que Habermas (1987) conceptualiza como acción teleológica, es decir, en objetivos individuales y acciones estratégicas para entender unas palabras, buscar la idea principal en un texto, hacer un resumen, etc., sin explotar las posibilidades comunicativas de leer con un objetivo dialógico.

En la lectura dialógica la comprensión lectora contiene todas las dimensiones de la acción dialógica y no solo la teleológica, incluye tanto el proceso individual como el colectivo y compartido, por medio de las habilidades comunicativas que tienen las personas de dialogar sobre el texto. El aprendizaje se desarrolla a través de las continuas relaciones sociales de cada persona y su recreación de la historia. Así, las interacciones contribuyen al aprendizaje de la lectura y se supera aquella reduccionista referencia a los conceptos previos que Ausubel (1963) había teorizado en una de las concepciones de aprendizaje de la sociedad industrial, el aprendizaje significativo que terminó de elaborar en 1962.

En sus estudios sobre la indagación dialógica, Gordon Wells (2001) analiza cómo las interacciones entre pares y con el profesor intensifican el aprendizaje instrumental. Los diálogos entre los niños y  los adultos que entran en el aula como facilitadores de estas interacciones en pequeños grupos, hacen que, al modo freireano de «pedagogía de la pregunta», los estudiantes razonen sus argumentos y sus respuestas, aumentando la conciencia de los propios aprendizajes y, por tanto, la metacognición. Wells no analiza los conceptos previos de estos alumnos sino los procesos de comunicación, mediados por el lenguaje, en el contexto del aula. El autor se centra sobre todo en el diálogo con profesores y niños más capaces, y comenta que el proceso de indagación dialógica se multiplicaría en coordinación con más personas adultas de la comunidad educativa, o sea, como apunta Vygotsky, más personas del entorno social de los niños.

Desde una perspectiva muy parecida, Isabel Beck (1997) y Victoria Purcell-Gates (1995; Purcell-Gates y Waterman, 2000), han empezado a introducir estas ideas dialógicas en el campo de la lectura y la escritura. Por ejemplo, Beck propone una metodología llamada Questioning the Author en la que se establece un proceso colectivo de interpretación de los textos y discusión en actividades de aula, con el objetivo de ayudar al alumnado a encontrar sentido y aumentar la comprensión. Para Beck, igual que para Wells, la riqueza no está en los conceptos previos de cada niño individualmente, sino en el proceso comunicativo y el conocimiento que se genera en el grupo a través de esta comunicación. Asimismo, Purcell-Gates (1995) recoge cómo el aprendizaje en interacción con otras personas crea un buen ambiente afectivo y de empatía, un mejor clima para aprender, y cómo para conseguir este clima es importante el cambio de roles tradicionalmente establecidos en la escuela.

Bruner (1997) habla de «subcomunidad de aprendizajesmutuos» cuando en los centros educativos los alumnos se ayudan mutuamente a aprender, rompiendo la jerarquía existente entre profesorado y alumnado. Por otro lado, esta interacción tiene implicaciones en la construcción del significado de un cierto acontecimiento. A esto se refiere Bruner al hablar de «negociación interpersonal», que hace referencia al acuerdo que se busca entre las personas para construir este significado.

3.      Más espacios de lectura con más personas

3.1    Lectura y creación de sentido en la familia y la comunidad: Tertulias Literarias Dialógicas

La experiencia de las tertulias literarias dialógicas de literatura universal empieza en la educación de personas adultas, en procesos de posalfabetización, concretamente en la escuela de La Verneda-Sant Martí de Barcelona, como una experiencia cultural y educativa no formal. Con el paso del tiempo se ha formalizado y expandido entre los alumnos de las escuelas primarias y secundarias, y también entre sus familiares.

El resultado es que las personas que se acaban de alfabetizar leen y disfrutan las obras clásicas de la literatura universal, consolidando cada vez más su nivel de lectura y escritura, adquiriendo un mayor vocabulario y aumentando constantemente sus competencias básicas (Flecha, 1997). Las tertulias literarias dialógicas parten de dos criterios fundamentales: se leen clásicos de la literatura universal y se prioriza la participación de personas sin titulaciones universitarias, como las que se acaban de alfabetizar o con formación académica básica. Estos dos criterios rompen con el estereotipo que la literatura clásica universal no puede ser leída y entendida por personas en procesos de posalfabetización. Superando las bajas expectativas, estas personas aprenden y disfrutan de la literatura clásica universal cuando leen a Tolstoy, Joyce, Hugo, Cervantes, Lorca o Shakespeare.

Las personas leen en casa las páginas acordadas, señalan el párrafo o párrafos que más les han gustado o que quieran resaltar por algún motivo. Una vez en la tertulia, respetando el turno de palabra las personas leen su párrafo y explican por qué lo han elegido e inmediatamente se abre un turno de palabras para que los demás participantes expresen su opinión. A través del diálogo igualitario se establece que todas las opiniones serán respetadas por igual. La finalidad no es que una opinión se imponga o se considere como válida por encima de las otras, sino que todas las personas se sientan capaces de aprender y de aportar conocimientos, convirtiéndose en creadoras de cultura. La importancia está en los argumentos que se aportan y no en la posición de poder de quien los formula, así como en la intención de llegar a un entendimiento. Fruto del diálogo igualitario y del debate, aumenta la motivación y curiosidad por aprender los contenidos académicos, potenciando que se investigue sobre todo aquello que se desea aprender –lo que con frecuencia lleva a iniciarse en la informática– y, una vez investigado, compartirlo colectivizando el conocimiento y, por lo tanto, multiplicándolo. Es una aplicación de la propuesta de Wells (2001) al defender un aprendizaje basado en el diálogo, para aprender a través de la indagación dialógicade forma que el conocimiento se construya entre todo el alumnado en actividades conjuntas y a través de interacciones dialógicas.

Las obras que se leen, al ser clásicos de la literatura universal, hacen que los temas que surgen en el debate se puedan relacionar con temas actuales, potenciando una reflexión crítica sobre aspectos centrales de nuestras sociedades. Las tertulias literarias dialógicas entroncan con la sugerencia de Freire al afirmar que la lectura no se abre solo al texto y a las personas participantes.

Leer no consiste solamente en descodificar la palabra o el lenguaje escrito; antes bien es un acto precedido por (y entrelazado con) el conocimiento de la realidad. El lenguaje y la realidad están interconectados dinámicamente. La comprensión que se alcanza a través de la lectura crítica de un texto implica percibir la relación que existe entre el texto y el contexto (Freire, 1989, p. 51).

A esto hay que añadir el proceso de transformación de los participantes. El diálogo igualitario, el ambiente solidario y las reflexiones que de ello se derivan hacen que personas que nunca antes se hubieran atrevido a hablar en público o a expresar su opinión entren en un debate sobre los temas que se discuten. Los participantes de las tertulias literarias –muchas de ellas mujeres– cambian su autoconcepto adquiriendo mayor autoestima y seguridad y modificando así las relaciones que tienen en su entorno. Este aumento del aprendizaje contribuye a una posalfabetización de éxito al superar las barreras que las habían mantenido al margen de la educación y la participación social. Así, la transformación que se genera no es solo individual sino también social y de su entorno al ser, generalmente, personas que se implican en sus centros, barrios y comunidades.

En la actualidad se desarrolla un movimiento internacional de tertulias literarias dialógicas y la experiencia, que se está extendiendo a muchos países, está siendo reconocida por los resultados que genera tanto por la comunidad científica internacional como por intelectuales de gran prestigio.

3.2    Más personas adultas en el aula: grupos interactivos

La lectura dialógica implica el aumento de las interacciones en contextos educativos: más personas adultas y más espacios. Entre los adultos que ayudan al docente dentro del aula encontramos profesionales de otras disciplinas (de la educación social, el trabajo social…), familiares, voluntariado. A partir de la participación de otros agentes educativos, de padres, madres, abuelos, hermanas mayores, vecinas, etc., los niños se dan cuenta de que aprenden más y de que son capaces. Inmersos en esta dinámica, intensifican la dimensión instrumental y, o bien preguntan si pueden permanecer en el aula para concluir el trabajo, u optan por ir a la biblioteca a hacer deberes en vez de jugar... ¿Por qué? Porque la mejor motivación para aprender es aprender.

Todo ello contribuye a la aceleración de su aprendizaje de la lectura y posterior desarrollo como personas lectoras. Si se abren las aulas a familiares el intercambio se vuelve más enriquecedor para el aprendizaje. La participación de los padres es, sin duda, un elemento de calidad. Las interacciones que se dan en los grupos interactivos se producen sin que exista una jerarquía entre quien transmite el conocimiento y quien lo recibe. En este sentido, se da un diálogo igualitario en el que el alumnado puede expresar libremente su opinión y se debate teniendo en cuenta cuál es el mejor argumento y no quién lo emite.

Leer implica compartir espacios, construir pensamientos y aumentar los aprendizajes y motivaciones educativas, y esto no es un proceso individual sino colectivo (Soler, 2003, p. 47).

Si leer es un proceso dialógico, hacerlo de manera colectiva amplía los espacios de diálogo.

Uno de los ámbitos fundamentales del aprendizaje es el aula y es en ella donde hay que organizar espacios que fomenten las interacciones para el aprendizaje de la lectoescritura. Una posibilidad son los grupos interactivos, una forma organizativa del aula pensada para fomentar las in­ter­acciones entre iguales y con adultos de la comunidad, con el fin de aumentar el aprendizaje instrumental y la solidaridad. Muchas comunidades de aprendizaje, por ejemplo, trabajan el área de lengua organizando las aulas por grupos interactivos (Aubert y otros, 2008).

En las clases interactivas el aula se divide en varios grupos, heterogéneos tanto en el nivel de aprendizaje, como de género, cultura u origen social. Cada grupo cuenta con la tutoría de un adulto que se encarga de establecer interacciones y ayudar a cada educando. Este adulto puede ser otro maestro, una madre o un padre, otros estudiantes mayores del instituto, una persona jubilada de la comunidad, estudiantes universitarios, amas de casa... El docente responsable del aula dinamiza el trabajo de cada grupo y de cada tutor. El tiempo de la clase se distribuye en cuatro partes para que todos los grupos realicen cuatro actividades diferentes en el tiempo de una hora u hora y media. Cada veinte minutos aproximadamente el grupo cambia de mesa, de actividad y de tutor.

En la clase de lengua organizada por grupos interactivos un grupo puede realizar una actividad de lectura, otro una de escritura, otro una actividad de lenguaje oral y otro, por ejemplo, una de carácter más manipulativa. Los grupos interactivos son una forma muy potente para acelerar el aprendizaje de la lectoescritura. En la perspectiva tradicional el alumno solamente interactúa con el texto, mientras que desde la concepción dialógica las interacciones en el proceso lector se realizan con todos los miembros del grupo, iguales y personas adultas que se relacionan con ese texto. A mayores y más diversas interacciones, mayor es el aprendizaje de la lectura.

La entrada en el aula de adultos no profesionales de la educación tiene beneficios en el aprendizaje de la lectura. Las personas mayores con las que interactúa el niño en espacios comunitarios y en el hogar son un recurso cognitivo para el aprendizaje (Moll, 1992). Poseen una experiencia y un conocimiento y realizan prácticas de alfabetización con el alumnado diferentes a las escolares. Incorporar a estas personas en las aulas supone incorporar también nuevas estrategias de enseñanza y aprendizaje de la lectura, beneficiosas para los niños procedentes de entornos no académicos. Además, las estrategias de alfabetización utilizadas por personas de otras culturas son un factor importante para el aprendizaje del idioma por parte de niños inmigrantes con lenguas diferentes a aquella en la que se está produciendo la alfabetización.

Uno de los aspectos a destacar desde el punto de vista del aumento del aprendizaje instrumental es la potencialidad de la ayuda entre compañeros con diferente desarrollo de habilidades lectoras. Cuando un alumno más experto en una actividad de lectura explica a su compañero el significado de una palabra, de una frase o el contenido de una lectura está desarrollando aún más las habilidades lingüísticas con las que ya cuenta y está activando un proceso de metacognición que favorece su desarrollo cognitivo y la empatía, la comunicación, la es­cucha, el diálogo, la solidaridad.

En estas situaciones de aprendizaje quienes aprenden son los dos alumnos, porque no existe un muro entre quien explica y enseña y quien escucha y aprende. Los niños que son ayudados saben que lo que hacen es posible gracias a la colaboración que reciben de sus compañeros y de las personas adultas que participan en el grupo interactivo. Estos otros, más expertos en lectura, les facilitan el establecer puentes entre «lo conocido» y «lo nuevo» (Rogoff, 1993), acercándoles el nuevo lenguaje, las nuevas palabras, los nuevos grafismos y fonemas a lo que ya conocen para, una vez que compartan significado, recorrer juntos la zona en la que aprenden en colaboración.

3.3    Más espacios de lectura con más personas

Si el aprendizaje depende fundamentalmente de las inter­acciones, es necesario potenciar los espacios existentes, más allá del aula, que pueden servir para aumentar las relaciones entre el alumnado y otras personas adultas para el aprendizaje de la lectura. La lectura dialógica, basada en esta nueva concepción del aprendizaje, ya amplía la mirada:

La lectura dialógica no se reduce al espacio del aula sino que abarca más espacios: incluye la variedad de prácticas de lectura que pueden realizarse en la biblioteca, en actividades extraesco­lares, en el hogar, en centros culturales, y otros espacios comunitarios (Soler, 2003, p. 49).

En toda esta gama de posibilidades cabe prestar una especial atención al aprovechamiento de espacios con los que cuentan todos los centros educativos. Es el caso de las bibliotecas tutorizadas y el aula de informática tutorizada, que pueden convertirse en espacios de aprendizaje de la lectura y la escritura basados en interacciones con la participación de familiares y voluntariado.

Muchas bibliotecas de centros educativos permanecen cerradas al acabar el horario escolar, limitando su uso a algunas horas semanales, el cual suele estar asociado al área de lengua y consiste, a menudo, en la elección de un libro y su lectura. Se trata de flexibilizar y dinamizar la biblioteca. Para ello hay que extender su horario de apertura y abrir sus puertas a la comunidad para que los niños disfruten de sus posibilidades con sus pares, familiares, voluntariado y otras personas del entorno. Las bibliotecas tutorizadas ya son una realidad en muchos centros educativos en los que están participando personas adultas de la comunidad que leen y comentan los libros junto con los niños, les ayudan a buscar información en obras de referencia o en el ordenador para hacer trabajos, escriben resúmenes y críticas de lo que han leído, preparan representaciones de los libros y cuentos que leen e incluso, en la misma biblioteca, se crea un espacio para representaciones teatrales.

El aula de informática es otro de los espacios que, abriéndose a la comunidad y ampliando su horario, puede reorganizarse para con­ver­tirse en un lugar más del centro en el que desarrollar actividades de enseñanza y aprendizaje de la lectura, aprovechando las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. El aula de informática se transforma en lo que se denomina «aula digital tutorizada», donde en grupos heterogéneos de alumnos y familiares, monitores y monitoras y personas voluntarias, se utilizan los programas del ordenador para mejorar la lectura y la escritura.

La diferencia con otras actividades es que en la realización de una actividad de lectura dialógica delante del ordenador las personas participantes, alumnos de diferentes edades y niveles, dialogan entre ellos y con la persona adulta voluntaria para resolver conjuntamente la actividad. El aprendizaje de la lectura se acelera a través de la comunicación. En un aula digital tutorizada pueden encontrarse frente a un ordenador unas sillas ocupadas por una niña, su abuelo y una persona voluntaria que dialogan y dan su opinión acerca de cómo resolver la actividad. En las aulas digitales se potencia este tipo de aprendizaje intergeneracional aprovechando la apertura del centro a personas adultas de diferentes edades.

La biblioteca tutorizada y las aulas digitales tutorizadas no suponen solo su apertura a la comunidad sino la organización de estos espacios de manera que se acrecienten las interacciones entre los alumnos para incrementar el aprendizaje instrumental. Lo que pueden hacer los estudiantes cuando trabajan solos en la biblioteca o con un ordenador es menos que lo que llegan a lograr con ayuda de personas «más capaces». En el caso de las aulas digitales tutorizadas, cabe destacar el desarrollo de habilidades de lectura relativas a la lectura de textos en la red que los niños van incorporando al conjunto de estrategias de comprensión lectora.


Lectura Dialógica: interacción es que mejoran y aceleran la lectura

Rosa Valls, Marta Soler, Ramón Flecha *

SÍNTESIS: En este trabajo se aborda el estudio de la lectura dialógica enmarcada en una más amplia concepción de aprendizaje que tiene sus fundamentos en las prácticas (comunidades de aprendizaje), teorías (Freire, Habermas, Searle) e investigaciones (includ-ed) más relevantes de la actual sociedad de la información, situando en este nuevo contexto las aportaciones dialógicas anteriores. Esto permite entenderla como una instancia coordinante de las actividades de aprendizaje que realizan todas las personas que interaccionan con los niños, especialmente quienes conviven con ellos en las aulas y en los domicilios, es decir, el profesorado y las familias. Aquí se intenta demostrar cómo los centros que han adoptado esta concepción de aprendizaje dialógico están consiguiendo mejorar y acelerar el aprendizaje de la lectura y la escritura de todos los educandos con más espacios y más personas que las tradicionales de la escuela heredada de la sociedad industrial. Asímismo, se constata cómo se promueve la lectura de los familiares en casa y también en el espacio escolar a través de las tertulias literarias dialógicas que consiguen que personas que nunca han leído un libro disfruten de obras de Safo, Joyce o Lorca. Resulta auspiciosa, además, la colaboración directa de familiares, de diversidad de profesionales y del voluntariado en el aprendizaje de la lectura y la escritura que realizan los estudiantes, no solo en el horario lectivo sino también fuera de clase.

Palabras clave: lectura dialógica; profesorado y familias; aprendizaje de la lectura; tertulias literarias.

1.      Introducción

Hay centros educativos que ya están superando el anclaje en las prácticas y concepciones elaboradas durante la sociedad industrial y han comenzado a situar su aprendizaje de la lectura en el contexto sociocultural de la sociedad de la información: en sus mejores prácticas, en sus teorías más importantes y en sus investigaciones más relevantes. Algunos de esos centros reciben el nombre de «comunidades de aprendizaje» y trabajan mancomunadamente en ambos lados del Atlántico (1).

Las principales investigaciones educativas de la comunidad científica internacional (2) y también las estadísticas institucionales dejan muy claro que el aprendizaje de los niños no depende solo de lo que ocurre en el aula, sino también de lo que ocurre en el domicilio (Snow y Tabors, 1993), en la calle y en otros ámbitos. Cada vez queda más claro que el aprendizaje depende de todas las interacciones y no solo de las que tienen lugar en el aula. La concepción de lectura dialógica reúne las teorías y prácticas que orientan la mejora de todas estas interacciones, las que tiene el alumnado con el profesorado, sus familiares, y otros agentes de su entorno.

Diversos autores se han referido a la naturaleza dialógica del lenguaje y de la condición humana (Bakhtin, 1981; Mead, 1990; Vygotsky, 1986) así como del diálogo como un requisito indispensable para la convivencia entre personas (Habermas, 1987; Freire, 1997). La pers­pectiva dialógica en el aprendizaje se puede definir a través de la in­ter­acción social entre personas, mediada por el lenguaje. A través del diálogo las personas intercambian ideas, aprenden conjuntamente y producen conocimiento, encontrando y creando nuevos significados que transforman el lenguaje y el contenido de sus vidas.

La lectura dialógica es el proceso intersubjetivo de leer y com­prender un texto sobre el que las personas profundizan en sus in­ter­pre­taciones, reflexionan críticamente sobre el mismo y el contexto, e intensifican su comprensión lectora a través de la interacción con otros agentes, abriendo así posibilidades de transformación como persona lectora y como persona en el mundo. De esta forma, la lectura dialógica implica desplazar el centro del acto de significado de una interacción subjetiva entre persona y texto a nivel individual hacia una interacción intersubje­tiva entre niños y/o personas adultas en relación con el texto.

2.      Fundamentos dialógicos del aprendizaje de la lectura

2.1    ¿Podemos hablar de «universales» en el aprendizaje?

Todas las personas tenemos capacidades para aprender y desarrollamos habilidades y conocimientos en diferentes contextos de actividad social y entornos culturalmente diversos (Scribner y Cole, 1981). En la teoría de la acción comunicativa Habermas (1987) parte del hecho de que todas las personas tenemos capacidad de lenguaje y acción, por lo que somos capaces de argumentar, expresar ideas, pensamientos, comunicarnos, llegar a entendimientos y realizar acciones a partir de esta comunicación. No importa si hablamos en códigos distintos, lo que importa son las pretensiones de validez del acto comunicativo y la intención de llegar al entendimiento con nuestros actos de habla (Searle, 2004).

Uno de los principales presupuestos de esta posibilidad de diálogo y aprendizaje es la universalidad del lenguaje. La gramática generativa supuso un giro en la concepción del lenguaje y del aprendizaje, convirtiendo a Chomsky en uno de los autores clave de la «revolución cognitiva» de la década de 1960. Esta aportación revolucionaba la psicolingüística por su carácter «internalista», pero también el mundo educativo y social por su concepción universalista del aprendizaje, unificador de todas las personas independientemente de su cultura, género, raza o nivel socioeconómico. Según Chomsky (1986) todas las personas nacemos con un órgano y una capacidad de lenguaje, al igual que nacemos con un órgano y capacidad para respirar. Esta «competencia» innata, que en sus trabajos posteriores el autor ha denominado el «yo-lenguaje» (Chomsky, 2000), da lugar a diferentes actuaciones en función del contexto. Los conceptos de competencia y actuación lingüística aportan una reflexión a los diferentes tipos de actuaciones que desarrollamos en interacción con personas y contextos diferentes.

2.2    El impacto de las interacciones

Partiendo de un a priori igualitario comprobamos que diferentes niños y personas adultas desarrollan aprendizajes diferentes en entornos diferentes; pero, ¿cuáles son los factores clave de estos aprendizajes? Para Vygotsky (1979) todas las funciones mentales superiores son relaciones sociales interiorizadas: el diálogo intersubjetivo se interioriza a través del lenguaje produciendo nuevas funciones intermen­tales, de forma que estos modos de conocimiento, semiotizados, no son independientes de las prácticas sociales en las que se desarrollan. ¿Quiere esto decir que están determinados por el contexto o que los andamiajes escolares deben adaptarse a los contextos sociales? Vygotsky ve en la educación una herramienta para la transformación de su sociedad, cree en el cambio de los procesos psicológicos a través de la transformación de las interacciones del contexto, no de su adaptación:

El aprendizaje orientado hacia niveles evolutivos que ya se han alcanzado resulta ineficaz desde el punto de vista del desarrollo total del pequeño. [...] El aprendizaje despierta una serie de procesos evolutivos internos capaces de operar solo cuando el niño está en interacción con personas de su entorno y en cooperación con algún semejante [más capaz] (pp. 137-139).

La zona de desarrollo próximo –o potencial de aprendizaje en colaboración con los demás– incluye las interacciones con todas las personas adultas y más capaces del entorno, además del profesorado y de los compañeros de aula. La perspectiva transformadora del psicólogo soviético, marcada por el contexto revolucionario de su época, ha sido a menudo poco resaltada.

Reflexionando sobre las aportaciones vygotskyanas, Wells (1981) indica que la actividad intersubjetiva se puede contemplar desde el punto de vista de cada una de las personas participantes como individuos que aprenden a través de su interacción, o desde el punto de vista de las prácticas sociales en las que estas personas participan, o sea, desde los elementos mediadores que se utilizan y su repercusión en el aprendizaje. En cualquier caso, el sentido de la interacción y la reciprocidad sigue estando presente.

Por un lado, se han estudiado interacciones profesor-alumno y cooperación entre iguales en situaciones de aprendizaje en el aula y, por otro, interacciones de personas adultas con hijos de edades preescolares en el hogar, en situaciones de comunicación verbal y de lectura compartida (Wells, 1981; Snow y Ninio, 1996; Teale y Sulzby, 1986). Sin embargo, recientemente se está demostrando la necesidad de unir estos espacios e incluir el estudio de las interacciones en múltiples situaciones de aprendizaje con «todas las personas del entorno» de los niños, incluyendo, además de profesores e iguales, a padres, madres, abuelos, hermanos mayores, ex-alumnos, vecinos del barrio, monitores y otras personas profesionales (Purcell-Gates 1995; Purcell-Gates y otros, 2001). Lo que un niño pueda llegar a leer, comprender e interpretar con otras personas del entorno define su zona de desarrollo próximo en el ámbito de la lectura. La lectura dialógica estudia la lectura desde este punto de vista, desde la necesidad de coordinar todos los espacios y momentos intersubjetivos con actividades de lectura y escritura.

2.3    Lectura, lenguaje y dialogicidad

La concepción de Bakhtin (1986) de «dialogicidad» es compleja, ya que tras Problemas de la poética de Dostoievski, su obra más importante, dedicó el resto de su vida a reflexionar sobre la dialogicidad y la «polifonía» (o múltiples voces) en la lectura de la novela y los textos literarios. En la perspectiva actual de la lectura dialógica recogemos importantes aportaciones de este trabajo. El término «dialogicidad» de Bakhtin se deriva del simple acto de diálogo, del intercambio lingüístico «dar-recibir» entre dos personas llevado a la lectura de un texto. Bakhtin parte de un problema fundamental de la filosofía del lenguaje: el lenguaje es, en sí mismo, ambiguo ya que las personas tenemos mundos objetivos, subjetivos y sociales diferentes (recordemos los juegos de lenguaje wittgenstenianos o las consecuencias «infelices» de los actos de habla discutidos por Austin (1962). Pero mientras que los defensores de la deconstrucción (Derrida, 1967) explican esta ambigüedad como inhabilidad de las palabras para representar significados precisos o como muestra de subjetividad en el lenguaje, Bakhtin afirma que esta ambi­güedad nos señala el medio a través del cual necesitamos crear significados dialógicamente con los demás.

Bakhtin concibe la vida humana como un proceso dialógico en el que encontramos significado solo a través de nuestras interacciones con los demás. Para el autor, en general, las relaciones dialógicas son un fenómeno más amplio que el mero intercambio de palabras, son un fenó­-meno universal presente en todas las manifestaciones y discursos de la vida humana que tengan significado. Bakhtin (1986) critica la filosofía racionalista de la modernidad tradicional por ser estrictamente monológica y considerar una única forma de percibir el desarrollo cognitivo y la verdad. Propone dar un paso adelante y unir la perspectiva utópica de la modernidad tradicional con el socialismo utópico y su fe en las convicciones. También critica el estructuralismo lingüístico de Saussure por su limitado análisis del lenguaje en cuanto que ignora su naturaleza dialógica.

Mead (1990) también analiza la relación entre lo individual y lo social, argumentando que una persona solo puede concebirse como miembro de una sociedad, es decir, que el pensamiento y el espíritu de una persona no son sino un proceso de desarrollo social mediado por el lenguaje. Este investigador defiende que las personas construyen la personalidad cuando perciben las imágenes que los demás tienen de ellas mismas, y de esta forma construyen una imagen de su propia capacidad de aprendizaje.

La interacción social en un entorno cultural y educativo tiene una influencia directa en la forma en que los niños, y las personas en general, viven el proceso de aprendizaje y el propio centro educativo. También para Bruner (1998, p. 70) «el proceso de interiorización depende de la interacción con los demás, de desarrollar categorías y transformaciones que correspondan a la acción comunitaria». Para él, el desarrollo cognitivo es un proceso de interiorización de la cultura, y la educación tiene la función de guiar y animar este desarrollo.

2.4    Diálogo y dimensión instrumental

Uno de los principios del aprendizaje dialógico (Aubert y otros, 2008) es la dimensión instrumental. En ocasiones se han opuesto diálogo y cooperación a aprendizajes técnicos o instrumentales, pero en la práctica, por el contrario, hemos comprobado que cuando en un centro o aula aumentan las interacciones entre iguales y personas del entorno en un clima de diálogo y ayuda mutua, se intensifica la dimensión instrumental. También hemos comprobado que si se hace un erróneo enfoque dialógico, que relativiza la importancia del aprendizaje instrumental, se aumentan las desigualdades, el fracaso escolar y la oposición al diálogo (Elboj y otros, 2002).

Diferentes modelos de lectura ven a la persona lectora como un actor individual intentando crear significado a partir de un texto escrito: los que se centran más en la decodificación de signos y estructuras que se refieren a unos significados objetivos; aquellos que profundizan en el proceso cognitivo de cada persona que se enfrenta al texto desde su experiencia subjetiva y conocimiento acumulado; y por último, los que se centran en la relación profesor-alumno y en cómo se va proporcionando el andamiaje necesario al niño o niña o persona adulta neolectora para que logre con éxito comprender un texto. Todas estas aproximaciones, aunque diferentes, tienen un punto en común: se basan en lo que Habermas (1987) conceptualiza como acción teleológica, es decir, en objetivos individuales y acciones estratégicas para entender unas palabras, buscar la idea principal en un texto, hacer un resumen, etc., sin explotar las posibilidades comunicativas de leer con un objetivo dialógico.

En la lectura dialógica la comprensión lectora contiene todas las dimensiones de la acción dialógica y no solo la teleológica, incluye tanto el proceso individual como el colectivo y compartido, por medio de las habilidades comunicativas que tienen las personas de dialogar sobre el texto. El aprendizaje se desarrolla a través de las continuas relaciones sociales de cada persona y su recreación de la historia. Así, las interacciones contribuyen al aprendizaje de la lectura y se supera aquella reduccionista referencia a los conceptos previos que Ausubel (1963) había teorizado en una de las concepciones de aprendizaje de la sociedad industrial, el aprendizaje significativo que terminó de elaborar en 1962.

En sus estudios sobre la indagación dialógica, Gordon Wells (2001) analiza cómo las interacciones entre pares y con el profesor intensifican el aprendizaje instrumental. Los diálogos entre los niños y  los adultos que entran en el aula como facilitadores de estas interacciones en pequeños grupos, hacen que, al modo freireano de «pedagogía de la pregunta», los estudiantes razonen sus argumentos y sus respuestas, aumentando la conciencia de los propios aprendizajes y, por tanto, la metacognición. Wells no analiza los conceptos previos de estos alumnos sino los procesos de comunicación, mediados por el lenguaje, en el contexto del aula. El autor se centra sobre todo en el diálogo con profesores y niños más capaces, y comenta que el proceso de indagación dialógica se multiplicaría en coordinación con más personas adultas de la comunidad educativa, o sea, como apunta Vygotsky, más personas del entorno social de los niños.

Desde una perspectiva muy parecida, Isabel Beck (1997) y Victoria Purcell-Gates (1995; Purcell-Gates y Waterman, 2000), han empezado a introducir estas ideas dialógicas en el campo de la lectura y la escritura. Por ejemplo, Beck propone una metodología llamada Questioning the Author en la que se establece un proceso colectivo de interpretación de los textos y discusión en actividades de aula, con el objetivo de ayudar al alumnado a encontrar sentido y aumentar la comprensión. Para Beck, igual que para Wells, la riqueza no está en los conceptos previos de cada niño individualmente, sino en el proceso comunicativo y el conocimiento que se genera en el grupo a través de esta comunicación. Asimismo, Purcell-Gates (1995) recoge cómo el aprendizaje en interacción con otras personas crea un buen ambiente afectivo y de empatía, un mejor clima para aprender, y cómo para conseguir este clima es importante el cambio de roles tradicionalmente establecidos en la escuela.

Bruner (1997) habla de «subcomunidad de aprendizajesmutuos» cuando en los centros educativos los alumnos se ayudan mutuamente a aprender, rompiendo la jerarquía existente entre profesorado y alumnado. Por otro lado, esta interacción tiene implicaciones en la construcción del significado de un cierto acontecimiento. A esto se refiere Bruner al hablar de «negociación interpersonal», que hace referencia al acuerdo que se busca entre las personas para construir este significado.

3.      Más espacios de lectura con más personas

3.1    Lectura y creación de sentido en la familia y la comunidad: Tertulias Literarias Dialógicas

La experiencia de las tertulias literarias dialógicas de literatura universal empieza en la educación de personas adultas, en procesos de posalfabetización, concretamente en la escuela de La Verneda-Sant Martí de Barcelona, como una experiencia cultural y educativa no formal. Con el paso del tiempo se ha formalizado y expandido entre los alumnos de las escuelas primarias y secundarias, y también entre sus familiares.

El resultado es que las personas que se acaban de alfabetizar leen y disfrutan las obras clásicas de la literatura universal, consolidando cada vez más su nivel de lectura y escritura, adquiriendo un mayor vocabulario y aumentando constantemente sus competencias básicas (Flecha, 1997). Las tertulias literarias dialógicas parten de dos criterios fundamentales: se leen clásicos de la literatura universal y se prioriza la participación de personas sin titulaciones universitarias, como las que se acaban de alfabetizar o con formación académica básica. Estos dos criterios rompen con el estereotipo que la literatura clásica universal no puede ser leída y entendida por personas en procesos de posalfabetización. Superando las bajas expectativas, estas personas aprenden y disfrutan de la literatura clásica universal cuando leen a Tolstoy, Joyce, Hugo, Cervantes, Lorca o Shakespeare.

Las personas leen en casa las páginas acordadas, señalan el párrafo o párrafos que más les han gustado o que quieran resaltar por algún motivo. Una vez en la tertulia, respetando el turno de palabra las personas leen su párrafo y explican por qué lo han elegido e inmediatamente se abre un turno de palabras para que los demás participantes expresen su opinión. A través del diálogo igualitario se establece que todas las opiniones serán respetadas por igual. La finalidad no es que una opinión se imponga o se considere como válida por encima de las otras, sino que todas las personas se sientan capaces de aprender y de aportar conocimientos, convirtiéndose en creadoras de cultura. La importancia está en los argumentos que se aportan y no en la posición de poder de quien los formula, así como en la intención de llegar a un entendimiento. Fruto del diálogo igualitario y del debate, aumenta la motivación y curiosidad por aprender los contenidos académicos, potenciando que se investigue sobre todo aquello que se desea aprender –lo que con frecuencia lleva a iniciarse en la informática– y, una vez investigado, compartirlo colectivizando el conocimiento y, por lo tanto, multiplicándolo. Es una aplicación de la propuesta de Wells (2001) al defender un aprendizaje basado en el diálogo, para aprender a través de la indagación dialógicade forma que el conocimiento se construya entre todo el alumnado en actividades conjuntas y a través de interacciones dialógicas.

Las obras que se leen, al ser clásicos de la literatura universal, hacen que los temas que surgen en el debate se puedan relacionar con temas actuales, potenciando una reflexión crítica sobre aspectos centrales de nuestras sociedades. Las tertulias literarias dialógicas entroncan con la sugerencia de Freire al afirmar que la lectura no se abre solo al texto y a las personas participantes.

Leer no consiste solamente en descodificar la palabra o el lenguaje escrito; antes bien es un acto precedido por (y entrelazado con) el conocimiento de la realidad. El lenguaje y la realidad están interconectados dinámicamente. La comprensión que se alcanza a través de la lectura crítica de un texto implica percibir la relación que existe entre el texto y el contexto (Freire, 1989, p. 51).

A esto hay que añadir el proceso de transformación de los participantes. El diálogo igualitario, el ambiente solidario y las reflexiones que de ello se derivan hacen que personas que nunca antes se hubieran atrevido a hablar en público o a expresar su opinión entren en un debate sobre los temas que se discuten. Los participantes de las tertulias literarias –muchas de ellas mujeres– cambian su autoconcepto adquiriendo mayor autoestima y seguridad y modificando así las relaciones que tienen en su entorno. Este aumento del aprendizaje contribuye a una posalfabetización de éxito al superar las barreras que las habían mantenido al margen de la educación y la participación social. Así, la transformación que se genera no es solo individual sino también social y de su entorno al ser, generalmente, personas que se implican en sus centros, barrios y comunidades.

En la actualidad se desarrolla un movimiento internacional de tertulias literarias dialógicas y la experiencia, que se está extendiendo a muchos países, está siendo reconocida por los resultados que genera tanto por la comunidad científica internacional como por intelectuales de gran prestigio.

3.2    Más personas adultas en el aula: grupos interactivos

La lectura dialógica implica el aumento de las interacciones en contextos educativos: más personas adultas y más espacios. Entre los adultos que ayudan al docente dentro del aula encontramos profesionales de otras disciplinas (de la educación social, el trabajo social…), familiares, voluntariado. A partir de la participación de otros agentes educativos, de padres, madres, abuelos, hermanas mayores, vecinas, etc., los niños se dan cuenta de que aprenden más y de que son capaces. Inmersos en esta dinámica, intensifican la dimensión instrumental y, o bien preguntan si pueden permanecer en el aula para concluir el trabajo, u optan por ir a la biblioteca a hacer deberes en vez de jugar... ¿Por qué? Porque la mejor motivación para aprender es aprender.

Todo ello contribuye a la aceleración de su aprendizaje de la lectura y posterior desarrollo como personas lectoras. Si se abren las aulas a familiares el intercambio se vuelve más enriquecedor para el aprendizaje. La participación de los padres es, sin duda, un elemento de calidad. Las interacciones que se dan en los grupos interactivos se producen sin que exista una jerarquía entre quien transmite el conocimiento y quien lo recibe. En este sentido, se da un diálogo igualitario en el que el alumnado puede expresar libremente su opinión y se debate teniendo en cuenta cuál es el mejor argumento y no quién lo emite.

Leer implica compartir espacios, construir pensamientos y aumentar los aprendizajes y motivaciones educativas, y esto no es un proceso individual sino colectivo (Soler, 2003, p. 47).

Si leer es un proceso dialógico, hacerlo de manera colectiva amplía los espacios de diálogo.

Uno de los ámbitos fundamentales del aprendizaje es el aula y es en ella donde hay que organizar espacios que fomenten las interacciones para el aprendizaje de la lectoescritura. Una posibilidad son los grupos interactivos, una forma organizativa del aula pensada para fomentar las in­ter­acciones entre iguales y con adultos de la comunidad, con el fin de aumentar el aprendizaje instrumental y la solidaridad. Muchas comunidades de aprendizaje, por ejemplo, trabajan el área de lengua organizando las aulas por grupos interactivos (Aubert y otros, 2008).

En las clases interactivas el aula se divide en varios grupos, heterogéneos tanto en el nivel de aprendizaje, como de género, cultura u origen social. Cada grupo cuenta con la tutoría de un adulto que se encarga de establecer interacciones y ayudar a cada educando. Este adulto puede ser otro maestro, una madre o un padre, otros estudiantes mayores del instituto, una persona jubilada de la comunidad, estudiantes universitarios, amas de casa... El docente responsable del aula dinamiza el trabajo de cada grupo y de cada tutor. El tiempo de la clase se distribuye en cuatro partes para que todos los grupos realicen cuatro actividades diferentes en el tiempo de una hora u hora y media. Cada veinte minutos aproximadamente el grupo cambia de mesa, de actividad y de tutor.

En la clase de lengua organizada por grupos interactivos un grupo puede realizar una actividad de lectura, otro una de escritura, otro una actividad de lenguaje oral y otro, por ejemplo, una de carácter más manipulativa. Los grupos interactivos son una forma muy potente para acelerar el aprendizaje de la lectoescritura. En la perspectiva tradicional el alumno solamente interactúa con el texto, mientras que desde la concepción dialógica las interacciones en el proceso lector se realizan con todos los miembros del grupo, iguales y personas adultas que se relacionan con ese texto. A mayores y más diversas interacciones, mayor es el aprendizaje de la lectura.

La entrada en el aula de adultos no profesionales de la educación tiene beneficios en el aprendizaje de la lectura. Las personas mayores con las que interactúa el niño en espacios comunitarios y en el hogar son un recurso cognitivo para el aprendizaje (Moll, 1992). Poseen una experiencia y un conocimiento y realizan prácticas de alfabetización con el alumnado diferentes a las escolares. Incorporar a estas personas en las aulas supone incorporar también nuevas estrategias de enseñanza y aprendizaje de la lectura, beneficiosas para los niños procedentes de entornos no académicos. Además, las estrategias de alfabetización utilizadas por personas de otras culturas son un factor importante para el aprendizaje del idioma por parte de niños inmigrantes con lenguas diferentes a aquella en la que se está produciendo la alfabetización.

Uno de los aspectos a destacar desde el punto de vista del aumento del aprendizaje instrumental es la potencialidad de la ayuda entre compañeros con diferente desarrollo de habilidades lectoras. Cuando un alumno más experto en una actividad de lectura explica a su compañero el significado de una palabra, de una frase o el contenido de una lectura está desarrollando aún más las habilidades lingüísticas con las que ya cuenta y está activando un proceso de metacognición que favorece su desarrollo cognitivo y la empatía, la comunicación, la es­cucha, el diálogo, la solidaridad.

En estas situaciones de aprendizaje quienes aprenden son los dos alumnos, porque no existe un muro entre quien explica y enseña y quien escucha y aprende. Los niños que son ayudados saben que lo que hacen es posible gracias a la colaboración que reciben de sus compañeros y de las personas adultas que participan en el grupo interactivo. Estos otros, más expertos en lectura, les facilitan el establecer puentes entre «lo conocido» y «lo nuevo» (Rogoff, 1993), acercándoles el nuevo lenguaje, las nuevas palabras, los nuevos grafismos y fonemas a lo que ya conocen para, una vez que compartan significado, recorrer juntos la zona en la que aprenden en colaboración.

3.3    Más espacios de lectura con más personas

Si el aprendizaje depende fundamentalmente de las inter­acciones, es necesario potenciar los espacios existentes, más allá del aula, que pueden servir para aumentar las relaciones entre el alumnado y otras personas adultas para el aprendizaje de la lectura. La lectura dialógica, basada en esta nueva concepción del aprendizaje, ya amplía la mirada:

La lectura dialógica no se reduce al espacio del aula sino que abarca más espacios: incluye la variedad de prácticas de lectura que pueden realizarse en la biblioteca, en actividades extraesco­lares, en el hogar, en centros culturales, y otros espacios comunitarios (Soler, 2003, p. 49).

En toda esta gama de posibilidades cabe prestar una especial atención al aprovechamiento de espacios con los que cuentan todos los centros educativos. Es el caso de las bibliotecas tutorizadas y el aula de informática tutorizada, que pueden convertirse en espacios de aprendizaje de la lectura y la escritura basados en interacciones con la participación de familiares y voluntariado.

Muchas bibliotecas de centros educativos permanecen cerradas al acabar el horario escolar, limitando su uso a algunas horas semanales, el cual suele estar asociado al área de lengua y consiste, a menudo, en la elección de un libro y su lectura. Se trata de flexibilizar y dinamizar la biblioteca. Para ello hay que extender su horario de apertura y abrir sus puertas a la comunidad para que los niños disfruten de sus posibilidades con sus pares, familiares, voluntariado y otras personas del entorno. Las bibliotecas tutorizadas ya son una realidad en muchos centros educativos en los que están participando personas adultas de la comunidad que leen y comentan los libros junto con los niños, les ayudan a buscar información en obras de referencia o en el ordenador para hacer trabajos, escriben resúmenes y críticas de lo que han leído, preparan representaciones de los libros y cuentos que leen e incluso, en la misma biblioteca, se crea un espacio para representaciones teatrales.

El aula de informática es otro de los espacios que, abriéndose a la comunidad y ampliando su horario, puede reorganizarse para con­ver­tirse en un lugar más del centro en el que desarrollar actividades de enseñanza y aprendizaje de la lectura, aprovechando las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. El aula de informática se transforma en lo que se denomina «aula digital tutorizada», donde en grupos heterogéneos de alumnos y familiares, monitores y monitoras y personas voluntarias, se utilizan los programas del ordenador para mejorar la lectura y la escritura.

La diferencia con otras actividades es que en la realización de una actividad de lectura dialógica delante del ordenador las personas participantes, alumnos de diferentes edades y niveles, dialogan entre ellos y con la persona adulta voluntaria para resolver conjuntamente la actividad. El aprendizaje de la lectura se acelera a través de la comunicación. En un aula digital tutorizada pueden encontrarse frente a un ordenador unas sillas ocupadas por una niña, su abuelo y una persona voluntaria que dialogan y dan su opinión acerca de cómo resolver la actividad. En las aulas digitales se potencia este tipo de aprendizaje intergeneracional aprovechando la apertura del centro a personas adultas de diferentes edades.

La biblioteca tutorizada y las aulas digitales tutorizadas no suponen solo su apertura a la comunidad sino la organización de estos espacios de manera que se acrecienten las interacciones entre los alumnos para incrementar el aprendizaje instrumental. Lo que pueden hacer los estudiantes cuando trabajan solos en la biblioteca o con un ordenador es menos que lo que llegan a lograr con ayuda de personas «más capaces». En el caso de las aulas digitales tutorizadas, cabe destacar el desarrollo de habilidades de lectura relativas a la lectura de textos en la red que los niños van incorporando al conjunto de estrategias de comprensión lectora.